4 ‘noes’ para entender la ‘no’ extinción de los dinosaurios

Hace unas pocas semanas la mayoría de secciones de ciencia de la prensa se hicieron eco de una noticia ‘importante’. Dos estudios recién publicados cuestionaban que la extinción de los dinosaurios tuviera su origen en el impacto de un meteorito. Una serie de enormes procesos volcánicos en la India (conocidos ya desde hace tiempo) habrían tenido mucho que ver en dicha extinción. La ocasión la pintan calva y este ‘notición’ nos permite repasar un poco que hay de cierto y no cierto en todo este asunto. Pasen y vean como a veces las cosas NO son lo que parecen…

Los dinosaurios NO se extinguieron hace 66 millones de años

A estas alturas parecería innecesario volver sobre este punto, pero la evidencia de los titulares lo desmiente. Todos (o muchos) crecimos aprendiendo que los dinosaurios eran mastodónticas criaturas reptiloides que poblaron la Tierra hace millones de años. Y que un día… zas!! desaparecieron de la noche a la mañana. La historia de su existencia y extinción era a la vez fascinante y misteriosa. Daba, como así fue, para películas, novelas, cómics y toda suerte de historias en el imaginario popular.

La ciencia poco a poco fue desvelando retazos de esa historia perdida. En ocasiones con claridad y en otras aún con claroscuros (algún día hablaremos de lo difícil que es estudiar la vida de hace millones de años). Poco a poco empezamos a tener una imagen menos ‘romántica’ de los dinosaurios y descubrimos que no eran los animales simples que creíamos. La segunda mitad del siglo XX dio un vuelco importante a mucho de lo que se creía sobre ellos: sus orígenes, su fisiología, su comportamiento…

Y uno de los hallazgos más trascendentes fue descubrir que, contra todo lo creído hasta ese momento, los dinosaurios seguían existiendo. Si, si, hoy día. En algún momento de la Era Mesozoica (hace 225-65 millones de años), la popularmente conocida como ‘edad de los dinosaurios’, un grupo de los mismos inició un lento camino evolutivo que les llevaría a lo que hoy conocemos como las aves. Son estas, por tanto, descendientes directas de un grupo genéricamente conocido como ‘dinosaurios avianos’.

Aplicando una simple lógica es obvio constatar por tanto que NO todos los dinosaurios se extinguieron en aquel lejano evento catastrófico. Una parte de ellos, los llamados avianos (tampoco todos pero si una parte significativa), lograron superar la crisis y devenir posteriormente en las aves modernas. Por tanto, y aunque pueda sonar un poco irreverente, piense que cada vez que se come un muslo de pollo está usted devorando a un dinosaurio (vale, dejémoslo en un descendiente suyo).

Proyección artística del cráter de Chicxulub poco tiempo después del impacto del meteorito
(SPL/Science Source)

El impacto de un meteorito NO fue la causa directa de su extinción

Este NO tiene algo de trampa, pero ayuda a dilucidar un tema importante. Vayamos por partes. También en la última mitad del siglo pasado dos hallazgos permitieron clarificar el por qué de la repentina desaparición de los dinosaurios no avianos (fíjense como me autoaplico lo aprendido en el punto anterior):

  • La aparición de un rastro de iridio (elemento muy raro en la Tierra y muy asociado a meteoritos) en el límite geológico exacto coincidente con la extinción.
  • Y el posterior hallazgo de un enorme cráter de impacto (en Chicxulub, México) también coincidente con este instante cronológico.

La suma de ambos robusteció notablemente la teoría de que el impacto de un meteorito sobre nuestro planeta desencadenó la conocida como extinción masiva del límite K/T (Cretácico-Terciario).

Y fíjense que digo ‘desencadenó. NO fue el meteorito quien acabó de un plumazo con la enorme riqueza de dinosaurios no avianos (amén de otras muchas especies) que poblaban el planeta. A lo sumo lo hizo con un buen puñado de ellos, los que sufrieron el impacto directo sobre sus cabezas o sucumbieron a los efectos inmediatos de la onda expansiva (fuego, rocas, agua…) que provocó el cataclismo.

El grueso de la extinción fue casi con seguridad provocada por los efectos ‘a posteriori’ del impacto sobre el conjunto de los ecosistemas terrestres. Alteraciones atmosféricas, climáticas, oceánicas, biológicas, geoquímicas… dieron al traste rápidamente con gran parte de la fauna mesozoica. El asteroide fue la pistola y la bala. El derrumbe de los ecosistemas, la consecuencia de la herida mortal.

Por eso es tan importante, y abro aquí un paréntesis, conocer cómo ocurrió este desastre y sus consecuencias. Nuestro planeta es una maravillosa suma de equilibrios. La ruptura de los mismos, sea por la causa que sea, puede desencadenar procesos irreversibles para el conjunto de la biota planetaria. Solo si los conocemos podremos ser capaces de entenderlos y corregir lo que se pueda o anticipar males mayores.

Las traps del Decán cubren una extensión de 500.000km2 con un espesor medio de 2km,
aunque se calcula que originalmente pudieron llegar a ocupar el triple de extensión

Las emisiones volcánicas de la India NO fueron tampoco la causa

Llegamos a la noticia que ha dado pie a toda esta reflexión. Ya desde hace mucho tiempo se sabía que en época muy cercana al impacto del meteorito otro gran proceso se produjo en la Tierra. Concretamente en la India. Se trató de un largo período de masivas erupciones volcánicas que lanzaron millones de toneladas de flujos basálticos a la superficie y de gases tóxicos a la atmósfera. Los geólogos los llaman los ‘traps del Decán‘.

Los estudios indicarían que dicho evento volcánico de gran magnitud y larga duración habría provocado graves alteraciones en la química atmosférica. Todo apunta a que habría ocurrido unos miles de años antes que el impacto. Ello ha llegado a plantear la eventualidad de que los ecosistemas planetarios estaban ya muy tocados (afectados por la toxicidad atmosférica) y que el meteorito simplemente habría sido la puntilla.

Los dos nuevos estudios recién publicados (ref.1) (ref.2) inciden en esta última apreciación y, sobre todo, aportan muchos más datos sobre el momento cronológico y duración del evento, y sobre sus consecuencias geoquímicas. Pero una lectura estricta de los mismos (no de las noticias publicadas sobre ellos) no invalida la tesis del impacto meteorítico. Simplemente aportan más piezas a ese complejo puzzle que es reconstruir la vida de un pasado lejano.

Curiosamente hace apenas una semana (el destino y la ciencia tienen estas cosas) un nuevo artículo viene a poner más luz sobre el tema (ref.3). Un estudio sobre las faunas de dinosaurios de Norteamérica inmediatamente anteriores al impacto demuestra que estas no estaban en regresión. Dicho de otro modo, el aceptado cambio climático provocado por las masivas erupciones del Decán no parece que hubiera afectado significativamente a la biodiversidad dinosauriana. Estamos, por tanto, donde estábamos. De no haber aparecido el meteorito tal vez ahora un servidor no estaría escribiendo esto.

En periodismo NO todo vale a la hora de titular noticias

Un rastreo de la noticia causante de este pequeño embrollo nos aporta dos datos significativos.

  • Estas noticias suelen tener su origen en una nota de prensa emitida por una institución científica (generadora del estudio) o por una editora (publicadora del artículo). Muchas veces la primera versión de esta nota para publicar en medios masivos la realiza una agencia de noticias o periódico importante. Muchos otros medios menores (o con menos medios) se limitan a clonar o recocinar esta primera versión. Si esa primera versión contiene una inexactitud o interpretación errónea, ya tenemos la cadena servida.
  • En otras ocasiones (no digo que sea el caso) se trata simplemente de generar un titular que capte la atención. En ese sentido hablaríamos de un estrategia ‘amarillista’, muy asentada en otros campos comunicativos como los deportes o la prensa del corazón (con todo el respeto para ellos). Pero que casa muy mal con la supuesta rigurosidad de la ciencia.

No todo debería valer a la hora de atraer la atención de un lector sobre un contenido. Al menos no debería valer si ese mecanismo no atiende a la rigurosidad o a la verdad. La ciencia es demasiado extraordinaria y maravillosa por si misma. No necesita de estas triquiñuelas. Eso no es óbice para buscar modos atractivos de llegar a la gente. Las nuevas tecnologías y entornos facilitan esa labor. Pero para ello no hace falta quitarle ‘méritos’ al meteorito. Sino que se lo pregunten a los dinosaurios… no avianos.

Referencias

(1) Blair Schoene, Michael P.Eddy, Kyle M.Samperton, C.Brenhin Keller, Gerta Keller, Thierry Adatte, Syed F.R.Khadri, 2019. U-Pb constraints on pulsed eruption of the Deccan Traps across the end-Cretaceous mass extinction. Science, 22 feb 2019, Vol.363, Issue 6429, pp.862-866, DOI: 10.1126/science.aau2422

(2) Courtney J.Sprain, Paul R.Renne, Loÿc Vanderkluysen, Kanchan Pande, Stephen Self, Tushar Mittal, 2019. The eruptive tempo of Deccan volcanism in relation to the Cretaceous-Paleogene boundary. Science, 22 feb 2019, Vol.363, Issue 6429, pp.866-870, DOI: 10.1126/science.aav1446

(3) Alfio Alessandro Chiarenza, Philip D. Mannion, Daniel J. Lunt, Alex Farnsworth, Lewis A. Jones, Sarah-Jane Kelland, Peter A. Allison, 2019. Ecological niche modelling does not support climatically-driven dinosaur diversity decline before the Cretaceous/Paleogene mass extinction. Nature Communications, 2019; 10 (1) DOI: 10.1038/s41467-019-08997-2

Lecturas recomendadas

Walter Alvarez. Tyrannosaurus rex y el cráter de la muerte. Booket. Drakontos Bolsillo (Barcelona, 2009) 200pp

Norman MacLeod. The Great Extinctions. What causes them and how they shape life. Natural History Museum (London, 2013) 208pp

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