Baobabs: el derrumbe de las catedrales africanas

Nuestro antropocentrismo resulta en ocasiones irritante. ¿Qué ocurriría si de pronto las catedrales de media Europa empezaran a derrumbarse por sí solas sin causa aparente? Magníficas construcciones de 500, 1000 o incluso 1500 años colapsando sin causa aparente. No tengan duda que el revuelo mediático sería colosal. Técnicos, equipos de especialistas, presupuestos, tecnología… Todo se movilizaría de inmediato para hallar una respuesta y una solución. En Africa está ocurriendo algo parecido. Los baobabs, esos enormes y curiosos árboles de la sabana africana, se mueren sin causa aparente. Seres de 500, 1000 o incluso 1500 años colapsan sin que sepamos por qué. Pero claro, son catedrales naturales, no son catedrales humanas. Y eso forma parte de la ‘normalidad’.

Leyendas y dioses de la sabana 

Cuenta la leyenda que en tiempos muy remotos todos los pueblos africanos admiraban al baobab como el árbol más hermoso de la naturaleza. Los dioses, también admiradores del árbol, le concedieron el don de la longevidad. De este modo los baobabs podían crecer durante siglos sin temor a la muerte. Cada vez se hicieron más grandes y empezaron a robar la luz al resto de árboles de su entorno. Llenos de orgullo llegaron incluso a anunciar que pronto crecerían hasta alcanzar la propia morada de los dioses. Entonces estos, enojados con su soberbia, decidieron escarmentar a los baobabs. Y los condenaron a crecer del revés. Desde ese momento sus ramas crecían bajo el suelo y en sus copas lo harían las raíces. Esa sería la razón del curioso aspecto de estas catedrales naturales.

Los baobabs son miembros de una pequeña pero muy antigua familia. El origen de su estirpe se remontaría al lejano supercontinente Gondwana (200-150 millones de años). A día de hoy solo 8 especies de esta longeva familia subsisten en el planeta: 6 en Madagascar, 1 en el Africa continental y 1 en Australia. Adansonia digitata, la especie protagonista de este post, crece en zonas semiáridas de Africa. Se trata de árboles solitarios de hasta 30 metros de altura y 10 de diámetro. Suelen tener un tronco principal y varios de secundarios. Su longevidad es legendaria y pueden llegar a vivir varios miles de años.

Sorpresas de la ciencia: cuando encuentras lo que no buscas

Hace algo más de una década un equipo de botánicos decidió profundizar en el cálculo de sus edades. A diferencia de la mayoría de árboles los baobabs carecen de los clásicos anillos de crecimiento. Estos se desvanecen a medida que el árbol crece. Cual sería su sorpresa cuando avanzado el estudio empezaron a constatar un hecho intrigante. De pronto, sin causa aparente, los ejemplares más antiguos y más grandes empezaron a morir de forma sistemática. En apenas una década 8 de los 13 baobabs más antiguos conocidos (1100-2500 años de antigüedad) habían muerto completamente o perdido parte importante de sus troncos. Idéntica suerte habían corrido 5 de los 6 ejemplares más grandes. Arboles aparentemente sanos, la mayoría con nombre propio y reverenciados por sus pueblos, colapsaban completamente y morían.

El estudio cronológico de los árboles se ha convertido ahora en una búsqueda de las causas de estas muertes. Los científicos no han podido identificar por ahora un responsable claro. Tienen muy claras dos cosas. No hay ninguna epidemia o plaga biológica detrás de estas muertes. Y tampoco es atribuible a una coincidencia natural. No es estadísticamente sostenible que árboles con siglos de vida a sus espaldas mueran simultáneamente por causas naturales en apenas una década. Por ahora solo aventuran a relacionar estas muertes con cambios en el entorno climático del Africa meridional. La sequía. ¿Les suena?

 

El baobab Platland, de 975-1100 años de edad,
tras colapsar repentinamente en 2017 (Stephane Woodborne, 2017)

 

El Niño y los icebergs de la Antártida

2015-2016 fue el escenario de la última, por ahora, aparición del fenómeno conocido como El Niño (otro día se lo cuento). Este extraordinario fenómeno climático, relacionado con un calentamiento anormal del Pacífico oriental ecuatorial, se las trae. La ciencia ya sabe a estas alturas que su aparición genera consecuencias climáticas a nivel planetario y no solo local. Por si fuera poco El Niño tiene una compañera, La Niña, que se alterna con el primero y aún complica más el escenario. Una de las consecuencias de estos patrones climáticos es un descenso en el régimen de lluvias en el Africa subsahariana y, por tanto, un aumento de la sequía.

Africa vive una sequía persistente desde el año 2015. Regiones como el Cuerno de Africa han encadenado tres años seguidos sin estación de lluvias. Una catástrofe humana y medioambiental, con millones de personas afectadas y el 80% de los rebaños muertos por la falta de agua. Es la peor sequía en 50 años de registros. También el sur de Africa se encuentra en estado de alerta. Los regimenes pluviales han rozado mínimos históricos en los dos últimos años en el cono sur de Africa. Apenas llueve y cuando lo hace es en cantidades muy inferiores a lo normal.

Un repaso ‘informativo’ nos deja un panorama desolador al respecto. Zimbabwe vendiendo animales de sus parques naturales para evitar que mueran de sed. Kenya sosteniendo a los suyos mediante camiones cuba que rellenan cada día las charcas donde abrevan. O Suráfrica sacrificando directamente a búfalos o hipopótamos para evitar su agonía. Por no hablar de la ‘loca’ idea del Gobierno surafricano de intentar remolcar un iceberg desde la Antártida para garantizar el suministro de agua a sus habitantes.

Posiblemente los baobabs solo sean una víctima más de esta catástrofe natural. Un nuevo ejemplo de que nuestro planeta se ha vuelto global en todos los sentidos. Cualquier fenómeno en cualquier lugar puede tener consecuencias en el lugar más insospechado. O no. Tal vez simplemente los dioses se hayan vuelto a enojar con los baobabs y esto solo sea un capítulo más de su ancestral leyenda.

 

Referencia
Adrian Patrut, Stephan Woodborne , Roxana T. Patrut, Laszlo Rakosy, Daniel A. Lowy, Grant Hall, Karl F. von Reden, 2018. The demise of the largest and oldest African baobabs. Nature Plants, volume 4, pages423–426 (2018)

Créditos fotografía portada
Un giganteso baobab en el parque Makuleke, Suráfrica, donde muchos de estos antiguos árboles están muriendo de forma repentina (Tom Richardson, 2018)

 

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