Chrissie Watkins y la tragedia de los tiburones, un drama shakespeariano

Puerto de Hong Kong. Funcionarios de aduanas deciden inspeccionar dos contenedores llegados de Ecuador en las últimas semanas. Unas etiquetas en los contenedores (‘pescado seco’, en español) les hace sospechar. La sorpresa al abrirlos es mayúscula: 26 toneladas de aletas de tiburón secas valoradas en más de 1 millón de euros. Más del doble del volumen confiscado en todo el año 2019. La mayor incautación de aletas de la historia.

El análisis de las aletas confiscadas no hace sino multiplicar la tragedia. El cargamento contiene aletas pertenecientes a unos 38.500 ejemplares. La mayoría de ellas (31.000) pertenecen a tiburones zorro y el resto (7.500) a tiburones sedosos.  Ambas especies protegidas. La primera de ellas, además, clasificada como ‘vulnerable’ por la IUCN (Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza). En todo caso una simple pieza más en el marco de una masacre global contra una de las especies animales más maltratadas por la cultura popular. Ya les he advertido otras veces lo perjudicial que resulta a veces creerse las películas de Hollywood.

Tiburones vs humanos

Muchos recordarán la secuencia inicial de ‘Tiburón’ (Jaws), la película con la que Steven Spielberg saltó a la fama mundial en 1975. La alocada muchachita (Chrissie Watkins para más señas) que se lanza desnuda al mar en plena noche para convertirse (involuntariamente) en la cena de un tremebundo tiburón asesino. Y si no la recuerdan seguro que en algún momento han visto el cartel de dicha película, con un ejemplar de tiburón hipervitaminado, más cercano al tamaño de una ballena. Cuánto daño ha hecho esa escena al imaginario popular.

Hablar de tiburones es evocar inmediatamente la imagen de un ser asesino. Una aleta fluyendo sigilosamente sobre la superficie del mar. Unas fauces prestas a devorar cualquier cosa que se cruce en su camino. Si es humano, joven e indefenso, mucho mejor. Que amantes somos de lo teatral. Todos llevamos un Shakespeare dentro. Simpáticos bañistas, incautos nadadores, atractivos surfistas o desafortunados náufragos. ¿Cuántos cientos o miles de ellos han terminado cada año en el menú de esta infausta y perversa especie animal?

¡¡Sorpresa!! La respuesta correcta es 6. Ese es el promedio anual de personas fallecidas por ataques de tiburones en el período 2009-2018. Por la sonrisa de algunos veo que ya lo sospechaban. Muchos otros seguro que se han quedado desconcertados (aunque menos que la jovenzuela de la primera escena de la película). Una década, 817 ataques, 62 muertos. Si piensan que eso es mucho les invito a mirar (y sorprenderse) con el siguiente gráfico.

Comprobarán que las probabilidades que tienen de morir en las fauces de un tiburón a lo largo de los próximos 12 meses son ínfimas. Exactamente menos de 1 entre 1.200 millones. Si además no suelen ustedes nadar por las playas de Florida o Australia poco más o menos que son inmunes a ese riesgo. Mejor eviten pelearse con ciertos mosquitos, tengan cuidado al pisar esa rama del suelo que parece mirarles con malos ojos y desconfíen de ese perro de talla XXL que ha comprado su vecino. Y sobre nuestros congéneres humanos, mejor corramos un tupido velo.

Humanos vs tiburones

Recordarán que empezamos este texto hablando de aletas de tiburón confiscadas. En concreto 26 toneladas correspondientes a 38.500 ejemplares. Vayamos por partes. Un simple cálculo nos permite obtener que cada aleta pesaría, de promedio, unos 675 gramos. Si consideramos los pesos medios de un tiburón zorro (160kg) y de un tiburón sedoso (190kg) hagan ustedes mismos números. La gran mayoría de esos tiburones son capturados, mutilados y devueltos al mar para morir. Prácticamente al mismo nivel que matar rinocerontes para quitarles el cuerno o focas para obtener su piel. El resto es puro desecho.

Sin embargo los tiburones (maldito Spielberg) no cuentan con la misma simpatía de rinocerontes o focas. Son malos bichos. Apenas hay campañas públicas para su protección al estilo ‘liberad a Willy’, ‘salvemos a las ballenas’ o ‘que bonitos son los koalas’. Cada una de esas 6 personas digeridas es una losa para la especie. Especialmente en las TVs americanas y australianas. Y aquí también, no crean. No hay mecanismo más efectivo para vaciar una playa que ver aparecer una aleta ‘asesina’ al acecho. ¡Ay! ese maldito imaginario popular.

Pero volvamos a las cifras, aunque sin apabullarles con ellas, lo prometo. Empecemos por el propio Ecuador, aparente lugar de origen de las aletas confiscadas. En 2019 se estima que unos 217.000 tiburones fueron pescados ‘incidentalmente’ en sus aguas. Incidental significa sin ánimo de hacerlo. Es una forma amable de decirlo. Que pasaban por ahí en el momento que no tocaba. Que me pongo a pescar anchoas y sin querer me llevo también unos cuantos tiburones. Y cuatro por aquí y cuatro por allá y cuando quiero darme cuenta se me han juntado 217.000. Es lo que los militares etiquetan con el eufemismo ‘daños colaterales’ (que chulo es el lenguaje).

El estudio más detallado (que un servidor ha localizado) sobre la captura mundial de tiburones es realmente demoledor. Para el periodo 2000-2010 calcula un promedio anual de 100 millones de ejemplares. La cifra incluiría los capturados para consumo, para aleteo (así se llama cuando se les pesca para obtener sus aletas) y por descarte (pescados accidentalmente y devueltos o no al mar). Eso representa unos 270.000 tiburones al día. La cifra no admite comparación. Los 6,2 humanos por año resultan ahora aún más irrisorios. Y el cartel de la película obviamente erróneo, deberíamos invertir la posición y el tamaño de los dos protagonistas del mismo.

Y, por cierto, por rematar la faena, esos 100 millones se refieren únicamente a fuentes de pesca más o menos legal (la controlada). No incluyen la multitud de capturas derivadas de la pesca no controlada (en países con pocos medios) o directamente ilegal (flotas ‘piratas’ que recorren los mares esquilmando recursos). Tampoco incluyen los ejemplares muertos por colisiones, vertidos o contaminación marina. Un reciente estudio estima que cerca de un 50% de los residuos plásticos que hay en el Pacífico son redes, cabos y artes de pesca abandonadas, donde muchos tiburones acaban sus días tristemente atrapados. Lo sé. Mejor no sigo. Ahora sí que empieza a parecer esto una tragedia de Shakespeare.

Un tiburón muerto al quedar atrapado en una red de pesca abandonada o perdida en algún punto del Pacífico (Csaba Tokolyi, 2019)

Hasta luego tiburón 🎵 (perdón, era cocodrilo)

Hace unos 380 millones de años (poco antes de que Jordi Hurtado empezara en la tele) el primer tiburón conocido, Cladoselache, nadaba en las entonces tropicales aguas de Cleveland (EEUU). Tras él toda una estirpe de descendientes han recorrido la totalidad de los mares y océanos planetarios. Y pueden presumir de haber sobrevivido a 5 de las 6 extinciones masivas que han asolado la Tierra. Todo un logro al alcance de muy pocos. ¡A ver a cuántas lo hacemos nosotros!

En artículos anteriores les he referido sobre las penurias de las vaquitas marinas, los elefantes o algunas bonitas especies de aves. Todos ellos animales simpáticos, populares, entrañables. Los tiburones no lo son. Y como ellos tantas especies ‘malditas’, marginales o simplemente poco conocidas. Condenadas a ser olvidadas cuando hablamos de la biodiversidad amenazada. De las más de 350 especies de tiburones clasificadas cerca de un 30% han sido clasificadas como amenazadas de extinción (en mayor o menor grado) por la IUCN. Sus poblaciones globales han mermado como media entorno a un 60% y en algunas especies la pérdida llega a superar el 90%. Son malos tiempos para ellos. 

La cultura popular los ha desterrado al lado oscuro de la naturaleza. Y así hablamos de un ‘tiburón de las finanzas’ o del tipo que se mueve ‘como tiburón entre las mujeres’. Son los Darth Vaders de los mares, malos malísimos, sibilinos, traidores, implacables, sangrientos. Nada más alejado de la realidad. Hermosos y elegantes. Antiguos y diversos. Pieza fundamental en todos los mares de la cadena trófica (como la pirámide alimentaria de las frutas y los yogures, pero en versión oceánica).

Que poco le hubiese costado a Chrissie quedarse en la fiesta y no tentar a la fortuna lanzándose al mar a horas intempestivas para darse un baño. También es mala suerte que teniendo 1 entre 1.2000 millones de probabilidades le tocara a ella. Y que  el puñetero Spielberg estuviera allí para filmarlo. Mala suerte para ella. Mala suerte, también, para el pobre tiburón. Si el bueno de Shakespeare levantara la cabeza no le costaría mucho reemplazar la calavera de su añorado Yorick por la de un tiburón.


Referencias
Para saber más acerca de las tasas de captura de tiburones
Boris Worm, Brendal Davis, Lisa Kettemer, Christine A.Ward-Paige, Demian Chapman, Michael R.Heithaus, Steven T.Kessel, Samuel H.Gruber. Global catches, exploitation rates, and rebuilding options for sharks. Marine Policy 40, july 2013, pages 194-204 https://doi.org/10.1016/j.marpol.2012.12.034

Para saber más sobre la basura plástica en los mares
Lebreton, L., Slat, B., Ferrari, F. et al. Evidence that the Great Pacific Garbage Patch is rapidly accumulating plastic. Sci Rep 8, 4666 (2018) https://doi.org/10.1038/s41598-018-22939-w

Para saber más sobre cuándo y dónde atacan los tiburones en el mundo
International Shark Attack File (ISAF) > https://www.floridamuseum.ufl.edu/shark-attacks/

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