COP25: entre todos la mataron y ella sola se murió

Si el bueno de Gabriel García Márquez estuviera aún con nosotros tal vez a estas horas tendría ya un primer guion de ‘Crónica de otra muerte anunciada’. Y no, no sería Santiago Nasar de nuevo la víctima (el pobre lleva enterrado varias décadas). Esta vez el infausto papel de ‘víctima anunciada’ correría por cuenta de la Cumbre Climática que acaba de concluir.

Llevo días leyendo variopintos análisis acerca de las causas profundas del fracaso de la COP25. Loables todos ellos. Certeros la mayoría. Falta de compromiso de los estados. Presiones ocultas de los lobbies energéticos. Debilidad de los gobiernos. Incapacidad de lograr consensos. Conflictos de intereses entre países desarrollados y en vías de desarrollo. Todo muy cierto y muy conocido. Tanto como las pocas esperanzas que muchos teníamos al inicio de la Cumbre.

Pocas esperanzas fundadas, al menos por quien les escribe, en un argumento que a muchos les va a escocer. La COP25 ha sido el rotundo fracaso de la ciudadanía. El rotundo fracaso de un servidor que escribe estas líneas y de usted, amable lector, que las lee. Así como suena. Con todas las letras (uyyy, eso ha tenido que doler).

Mea culpa

¡No! dirán algunos. Todo es culpa de una sociedad basada en la explotación intensiva de unos combustibles fósiles. Y de unos gigantescos conglomerados industriales que los explotan. Conglomerados que, además, se encargan de atar en corto a los gobiernos del mundo para que no legislen (mas allá de lo para ellos razonable) contra sus intereses.

¡Qué va! dirán otros. La responsabilidad es precisamente de esas élites políticas, más interesadas en mantener su estatus que en velar por el bien general. Ellos deberían estar legislando para frenar todo esto, para revertir la situación. Fomentar un cambio global de nuestra economía energética a escala planetaria.

¡Ilusos! tal vez digan los más avispados. La mayor culpa de todo esto debe recaer en unos medios al servicio de unos y otros. Más preocupados en llenar sus portadas con los folclóricos viajes de una niña de 15 años, sumamente mediática, que en explicar con claridad de qué va esto del cambio climático. Y de reforzar, con criterio y objetividad, el clamor popular y los incontestables datos que la ciencia aporta.

Y entonces llego yo y digo: la culpa es nuestra. Es nuestra porque la mayoría nos llenamos la boca de ‘conciencia climática’ y muy pocos sabemos de qué estamos hablando. Y sacamos pecho porque reciclamos mucho y bien (o eso creemos), pese a que la gestión de los desechos tiene un impacto menor en el clima (aunque no en la ecología). O nos vanagloriamos de no usar ya bolsas de plástico cuando vamos a comprar, cosa que seguramente agradecerán mucho tortugas y cetáceos aunque al clima eso le da un poco lo mismo.

Y vamos a las manifestaciones populares en defensa del clima vestidos con la ropa que cada año nos ofrecen las cadenas de moda más populares. Y nos sacamos selfies en ellas con el último modelo de smartphone que acaba de salir. Y le mandamos las imágenes a nuestro colega que hubiese querido estar en ella, pero que está de finde en Viena con un vuelo superbarato que ha encontrado con una compañía low-cost. Pero, tranquilos, nos promete mandar una foto desde allí manifestándose también.

Y como no sabemos realmente bien de qué va esto del cambio climático, más allá de unos conceptos generalistas, no salimos de nuestra ‘zona de confort’ (palabro de moda). La concienciación a nivel global ha subido muchos enteros, es cierto, pero vamos todos aún muy perdidos. ¿Sabe usted qué decía el Protocolo de Kyoto? ¿O en qué consistía el Acuerdo de París? ¿Qué se discutía realmente en la COP25? ¿Cuáles eran los escenarios, o los objetivos, o los acuerdos deseables? Seguro que si sale a la calle y pregunta la respuesta será, en un tanto por ciento elevadísimo, el desconocimiento.

Mea culpa, mea culpa, mea culpa. Entonemos la letanía. Venimos de un año con dos elecciones generales. ¿Cuál era la posición de los partidos españoles acerca de la crisis más grave que enfrenta nuestra civilización en siglos? ¿Cuál era la posición del partido al que ha votado usted que me está leyendo? ¿Tenía posición ese partido, más allá de las clásicas frases hechas a estilo de ‘la paz en el mundo’ (momento Miss Universo)?

Carolina Schmidt, presidente la la COP25, conversa con varios delegados en un intento deseperado por conseguir un acuerdo final para regular el mercado global de emisiones de carbono (Fotografía: Bernat Armangué 2019)

Decidir. Presionar. Actuar

En tanto en cuanto la ciudadanía no asimile la gravedad de lo que comporta la crisis climática no avanzaremos. Mientras no ponga entre sus prioridades la lucha contra dicho cambio no avanzaremos. Solo cuando asuma esas dos premisas estará en condiciones de ejercer presión real y efectiva sobre unos gobiernos atrapados en una encrucijada. Esto no va de aerosoles.

La crisis de la capa de ozono, que muchos recordarán, tuvo su origen en el uso de unos compuestos químicos llamados clorofluocarburos (CFC). Su uso generalizado en muchos campos de la industria (aparatos electrodomésticos, aerosoles…) fue determinante en la contracción de la capa de ozono. Su sustitución por otros compuestos permitió frenar y poco a poco revertir el proceso. No fue sencillo. Ni rápido. Pero se logró. La ciudadanía apenas tuvo que hacer nada como tal. Siguió comprando aparatos de aire acondicionado y usando sus sprays.

La crisis climática no va de aerosoles. No es tan simple. La implicación global es fundamental. Y no hablo ya de las pequeñas o grandes acciones que a nivel personal puede hacer cada uno. Estoy harto (podría ponerlo en mayúscula) de asumir mi papel activo como ciudadano. Reciclar, usar el transporte público, pagar impuestos ecológicos, modificar hábitos de alimentación y consumo. No soy yo ni usted quien emite gigatoneladas de CO2 a la atmósfera cada año. Pero si soy yo y usted quien tiene en su mano exigir (con los medios que cada sociedad ponga en la mano) a sus gobernantes que pongan freno a eso. Documentarse. Tener criterio. Movilizarse. Presionar. Decidir. Actuar

Santiago Nasar salió aquella mañana de su casa sin saber que iba a ser el último día de su vida. Todo el mundo sabía o intuía en la localidad lo que iba a ocurrir. La cobardía, la dejadez, el olvido, el interés, hizo que nadie moviera un hilo por evitarlo. Corremos el peligro de convertir nuestro ecosistema planetario en un nuevo Santiago Nasar. La COP25 es una notable llamada de atención. Nuestra es la decisión. Nuestra es la responsabilidad.

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