¿Cuántos alces cuadrados mide un bosque de fútbol?

Hay dos aspectos de nuestro entorno sobre los que los seres humanos manifestamos una enfermiza necesidad: clasificar cosas y medir cosas. De clasificar les hablaré otro día (vean cómo acabo de poner orden). De medir, hoy. Medimos distancias, pesos, tiempo, superficies, sueldos, deudas, probabilidades… Cualquier cosa susceptible de ser cuantificable es objeto de nuestras mediciones. Y si no lo es, buscamos el modo.

En el fondo medir cosas nos sirve para darles un lugar en nuestro universo. Asignarles un valor, el que sea según su tipología, nos ayuda a ordenar nuestro entorno. Medir y clasificar, por tanto, van casi siempre de la mano. Listas, ránkings, clasificaciones, no son sino el resultado de un proceso previo de medición. Medir nos hace conocer una realidad. Hace que nos sintamos seguros. Nos ayuda a entender lo que nos rodea. Y, sobre todo, nos ayuda a compararnos con el resto (de esto saben mucho los equipos de ventas y los equipos de fútbol).

La medida científica

Todo el mundo (menos algún conocido que todos tenemos) ha oído hablar de la Revolución Francesa. A todo el mundo le suena la guillotina (lo sé, siempre retenemos lo morboso). Pocos sabrían explicar en qué consistió realmente y cómo acabó la susodicha revolución. Casi nadie sabe que uno de sus grandes legados fue el Sistema Métrico Decimal.

Hasta ese momento la historia de la humanidad había sido un galimatías métrico. Desde la aparición de la agricultura, el urbanismo y el comercio se hizo imprescindible medir cosas con precisión. Distancias, pesos y precios especialmente. Codos, varas, leguas, fanegas, pulgadas… el repertorio de medidas era tan numeroso como el número de países, culturas o incluso ciudades que los usaban. Cada cual empleaba su propia terminología (algo parecido a cuando vas de vacaciones a la costa e intentas descubrir el nombre del pescado que quieres comprar).

Y he aquí que un buen día los señores revolucionarios franceses, hijos de la Ilustración (que era un movimiento intelectual, no una señora prolífera), decidieron poner orden. Vamos a ver, que acabar con el Antiguo Régimen estaba bien, pero acabar con el lío de las medias aún estaba mejor. Et voilà! se sacaron de la chistera (o del gorro frigio, que es lo que usaban los revolucionarios de pro) el metro, el litro, el kilo, el área y todos sus derivados. Y le pusieron por nombre Sistema Métrico Decimal (vale nos gusta clasificar, medir y también poner nombre a las cosas).

Poco a poco el sistema fue ganando adeptos y en 1889 la I Conferencia General de Pesos y Medidas lo estableció como estándar internacional. En 1960 fue rebautizado Sistema Internacional de Medidas (SIM) y es hoy día el que usa el 95% de la población mundial (salvo Estados Unidos, Birmania, Liberia, Samoa y algunas islas del Pacífico).

Les confieso que yo fui de los que crecí estudiando que el metro era la distancia equivalente a un trozo de metal (el llamado ‘metro patrón’) que estaba depositado en Paris y media exactamente… un metro. Y con el kilo, lo mismo. Ahora el SIM ha redefinido todos estos valores de una forma más precisa. Por ejemplo la definición de un metro es ahora la longitud del trayecto recorrido por la luz en el vacío en un intervalo de tiempo de 1/299.792.458 segundos.

¿Fácil no? Pues esperen. Un kilogramo es ahora el valor numérico fijo de la constante de Planck, h, como 6,626 070 15 x 10-34 expresado en J·s (julios por segundo), unidad igual a kg·m2·s-1, estando el metro y el segundo definidos según c (velocidad de la luz en el vacío) y ΔνCs. Más científica y precisa, seguro, pero menos romántica también (y lo siento por los que les entre esa definición en el examen de fin de curso).

La medida popular

Vivimos estos días en plena vorágine pandémica mundial. Muchos estamos entrando en la llamada ‘fase de desconfinamiento’, donde se ha vuelto muy importante calcular a ojo la distancia de 1,5 o 2 metros de separación. Es el espacio que debemos mantener entre nosotros y cualquier otra persona para evitar seguir contribuyendo a las estadísticas de infectados. Vamos, como si todos tuviéramos que ir por la calle con un flotador playero de 2 metros de diámetro adecuadamente encajado en nuestra, en estos tiempos, castigada cintura.

Parece fácil lo de los 2 metros. Todos tenemos en mente lo que es eso. ¿O no? Pues no. Efectivamente no todo el mundo lo tiene tan claro. El Gobierno canadiense acaba de sorprendernos con unas curiosas recomendaciones. Los territorios árticos canadienses son el hogar de unos 40.000 esquimales e indios. Poblaciones para las que el concepto ‘metro’ (ya no les digo la constante de Planck) es completamente ajeno a su cultura y uso. Hábiles los canadienses han determinado, pues, que para estas regiones la distancia de seguridad sea un alce, un caribú, tres gansos o cuatro cuervos.

Si usted le dice a un inuit (así se llaman los esquimales de aquella región) que no se acerque a menos de 2 metros de otro, posiblemente no le entenderá. Si le dice, en cambio, que no se acerque a menos de un alce de distancia (2 metros es lo que suele medir de largo un animal adulto) lo comprenderá a la primera. La eficacia por encima de la ortodoxia científica, mal que les pese a los revolucionarios franceses.

El Sistema Métrico Alternativo

¿Raros no, estos inuits? Nada más lejos de la realidad. Nosotros mismos, tan listos e instruidos, usamos constantemente sistemas de medida ‘alternativos’ para entender mejor nuestra realidad. Algunos son muy efectivos. Otros en cambio resultan cuanto menos desconcertantes. Ahí les dejo unos curiosos ejemplos de unidades de medida que por alguna razón se han estandarizado a nivel popular:

  • ‘El campo de fútbol’: imprescindible a la hora de hablar de incendios forestales. Para qué hablar de hectáreas quemadas (concepto difuso) cuando podemos hablar del equivalente a tantos o cuantos campos de fútbol. A todos nos queda más claro. Digo yo que si un día se quema un campo de fútbol  ¿hablaremos de a cuantas fracciones amazónicas equivale? Y por cierto, ¿cuál es la medida exacta de un campo de fútbol?
  • ‘La Torre Eiffel o el Empire State Building’: conocidas unidades de medida de altitud arquitectónicas. Es mucho más entendible decir que el rascacielos Burj Khlaifa de Dubai mide 2,76 Torres Eiffels que no que se eleva a 828 metros del suelo. He subido a lo alto de la torre parisina y del The Shad londinense y les aseguro que a partir de los 200 metros de altura yo usaría por defecto la unidad de medida ‘esto es muy alto’. Y qué decir del Empire State Building como unidad de referencia estandarizada para saber cuán grande es un asteroide.
  • ‘El Delaware’: cualquier geólogo norteamericano sabe que es la unidad de medida del tamaño de un iceberg (de los grandotes). Nada de kilómetros cuadrados que nadie entiende. Un iceberg equivalente a 0,75 Delawares (un pequeño estado de los EEUU) y todo el mundo se hace enseguida a la idea. Atención, que si es usted europeo posiblemente la unidad sea un Luxemburgo. Y si es español una Rioja.
  • ‘Bomba de Hiroshima’: otra popularísima unidad que sirve para casi todo. Como saben la medida estándar para cuantificar la energía liberada por una bomba nuclear es el kilotón (equivalente a 1.000 toneladas de TNT). Esto al principio era fácil. Las bombas eran ‘pequeñas’ (ya me entienden). Con el avanzar de la carrera de armamentos la potencia fue aumentando y hablar de bombas de 20, 40, 65 o 400 kilotones ya no asustaba. Mejor hablar de bombas equivalentes a 4 o 20 Hiroshimas. Todos tenemos mucho más claro el efecto. Hemos visto tantas. Curiosamente la ‘bomba de Hiroshima’ también ha calado en la geología y en la astronomía. Tal terremoto ha liberado una energía equivalente a tantas Hiroshimas o tal meteorito impactó con la fuerza de no sé cuantas Hiroshimas. Que versatilidad. Por cierto todo apunta a que la Nagasaki no era una medida tan fiable.
  • ‘Elefante’: esta me encanta. Es una preciosa unidad de masa que sirve para hacernos entender lo que pesa un camión, un Boeing 747, un dinosaurio o toda la basura que hemos sacado de las playas de Barcelona tras la última noche de Sant Joan. Se trata de una unidad tan o más precisa que el ‘campo de fútbol’, dado que es de público conocimiento que todos los elefantes del mundo pesan lo mismo.
  • ‘Un huevo’: ahora les he pillado con la defensa baja. Esta unidad no se la esperaban pese a que es de uso recurrente en nuestra sociedad. Aunque algunos tengan en gran valor sus atributos testosterónicos lamento informarles que van mal encaminados. Al parecer la unidad de medida ‘huevo’ hace referencia a los famosos huevos de Fabergé. Delicadas piezas de joyería fabricadas por encargo de los zares de Rusia para celebrar la Pascua, y de los que se fabricaron unos 70 entre 1885 y 1917. Cada una de ellas estaría valorada a fecha de hoy en más de 20 millones de euros. Así que cuidadín si les dicen que algo les va a costar ‘un huevo’… preparen algo más que la cartera.

La lista de unidades ‘alternativas’ es casi interminables (un ojo de la cara, esto cuesta un riñón, equivale a 15 viajes a la Luna o a 20 vueltas a la Tierra…). Algunas de ellas resultan tradicionales, y es bonito conservarlas. Otras ayudan a entender, lo cual se agradece en un mundo inundado de datos a veces indescifrables. Pero algunas, reconozcámoslo, son realmente incompresibles al menos para quien les escribe, y que conste que no tengo nada contra la gente de Delaware.

Acabo de darme cuenta que quería contarles la historia del ‘reno de distancia’ en menos de 3.000 caracteres (los artículos suelen medirse en número de letras) y me ha acabado saliendo un artículo de cuatro palmos de longitud o 0,45 alces en el improbable caso de que sea usted un inuit y me está leyendo.

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