Cuatro crisis y una bacteria

La historia de la humanidad es una sucesión encadenada de períodos de crisis. Así como suena. Es difícil encontrar un período de tiempo relativamente largo que no las haya vivido (o sufrido). Guerras (las más de las veces), cataclismos (muchos), revoluciones (famosas), pandemias (unas cuentas), cracks económicos (más de los que parecen). Y así una tras otra hemos ido avanzando y construyendo el mundo en el que vivimos. Ingenuos somos si pensábamos que tarde o temprano no nos iba a tocar alguna.

La COVID-19 (el coronavirus si quieren generalizar) está, en el momento de escribir estas líneas, paseándose a sus anchas por el mundo. Las cifras de contagios y muertes confirmadas son ya desalentadoras. Las previsiones simplemente estremecedoras. Posiblemente lo peor está aún por llegar. Y no hablo solo de cifras de decesos (detrás de cada uno de los cuales hay un nombre y una historia, no lo olvidemos), sino de las consecuencias que todo esto tendrá a escala planetaria. En un mundo absolutamente mercantilizado nos ha tocado, sin pedirlo, la oferta del 4×1.

La crisis sanitaria

La emergencia sanitaria reclama ahora la prioridad absoluta de todos nuestros esfuerzos. Tiempo habrá de analizar su origen, de evaluar las respuestas tomadas, de fiscalizar las actuaciones de los responsables médicos y políticos. Tiempo llevará también conseguir una vacuna que nos preserve de esta pandemia (por cierto no sé si se han fijado que los antivacunas llevan un tiempo muy calladitos). Y tiempo habrá que buscar también para repensar nuestra relación con la naturaleza y en qué medida tiene que ver eso con lo que está pasando.

Pero ahora es tiempo de poner a las personas por delante de cualquier otra consideración. Es tiempo de salvar vidas. De buscar el mecanismo más eficiente para poner freno a la pandemia allí donde está desbocada. Y de articular las mejores prácticas para evitar que llegue o se expanda allí donde aún es incipiente. En un mundo global, que tanto nos gusta para vender y viajar, hemos de ser también globales a la hora de colaborar y buscar soluciones.

Escribo esto mientras el ‘marcador’ señala 1,5 millones de infectados y 90.000 muertos en todo el mundo (si nos fiamos de las cifras oficiales). Pero si miran el mapa que actualiza permanentemente la Johns Hopkins University nos entra el pánico. Más del 90% de esas cifras se concentran solo en el Lejano Oriente, Europa y Norteamérica. Un patrón que parece marcado por aquellas regiones del mundo donde la interconexión (aérea principalmente) es más fluida. Pero en un mundo globalizado tarde o temprano la pandemia se extenderá a las zonas ahora menos afectadas. Las menos comunicadas. También las menos preparadas. Solo miren en el mapa bajo la línea del Ecuador. Ahora entenderán lo del pánico.

La crisis económica

Leo en estos días la epopeya de ciencia ficción ‘The Expanse’  en la que se  basa la serie televisiva de igual nombre (que les recomiendo si no la han visto). Haciendo un símil con el anillo creado por la temible protomolécula, nuestro mundo acaba de entrar de sopetón en la ‘zona lenta del anillo’. Nuestras naves, acostumbradas a viajar a toda velocidad, han entrado de pronto en una zona donde las leyes de la física no rigen igual. Se han detenido de pronto, sin aviso previo. El golpe, es obvio decirlo, ha sido monumental. Las naves crujiendo, daños de todo tipo, tripulantes muertos, heridos o traumatizados. Vamos nuestro mundo económico ahora mismo.

No haré yo aquí ahora ciencia ficción económica. Ni por asomo se me ocurriría. No es lo mío. Pero tampoco hay que ser muy avispado para anticipar que las consecuencias serán catastróficas. Como en todas las crisis habrá perdedores y ganadores. Sectores que saldrán a flote y otros que naufragarán. La globalización económica hará, además, que las secuelas sean transversales más allá de la incidencia de la pandemia en cada país o región del planeta. Habrá un antes y un después de este momento. Deberemos reflexionar sobre nuestros modelos económicos. Sobre cómo hemos priorizado los mercados sobre las personas. No lo duden.

La crisis política

Somos humanos. Y como tales cada crisis esconde unos vencedores y unos perdedores. Y esos roles al final no necesariamente se corresponden con lo que es justo. Pero es así. Toda crisis conlleva responsabilidades y decisiones. Y son las clases políticas, las que dirigen la sociedad, quienes las toman. Y quienes al final, de un modo u otro, cargan con sus resultados. Para bien o para mal.

Y cuando una crisis conlleva pérdidas humanas (y son miles como en este caso) las consecuencias pueden ser de mucho calado. Vivíamos ya tiempos convulsos en lo político. Una falta de liderazgo global en muchos países e instituciones. Un renacer de los populismos demagógicos. Una desconfianza creciente de los ciudadanos hacia sus dirigentes. Esta crisis puede ser un revulsivo, en un sentido o en otro. Corremos el peligro de caer en un tiempo oscuro de liderazgos demagógicos. Pero también acceder a un momento de empoderamiento de la ciudadanía.

El papel peculiar, cuanto menos, de algunos países e instituciones en toda esta crisis abre interrogantes adicionales. Grandes potencias mirándose al ombligo (Estados Unidos) o jugando al claroscuro con la información (China). Organismos internacionales desaparecidos (ONU), desdibujados (OMS) o con el rumbo perdido (UE). Estados dando ejemplo de cómo podrían hacerse las cosas (Corea del Sur) o de cómo no deberían hacerse (Brasil). Vamos, un caldo de cultivo global para un terremoto político a escala planetaria.

La crisis social

El mundo no volverá a ser el mismo tras esta pandemia. Son demasiadas cosas a la vez. Demasiadas tragedias. Demasiado globales. Demasiado humanas. De nuevo la ‘zona lenta del anillo’ nos ha hecho colisionar con una realidad que habíamos olvidado. La crisis nos ha hecho regresar a nuestro pequeño mundo. Pequeño porque nos ha enfrentado a la realidad de que solo somos una especie más a expensas de una naturaleza que no controlamos (y a la que maltratamos). Pequeño porque el confinamiento nos ha hecho regresar a lo cercano, a lo simple, a lo más humano.

En una aparente contradicción el poder de la tecnología (conectividad, teletrabajo, formación virtual, videoconferencias, ocio digital) permitirá que una gran parte de la sociedad global siga funcionando (o sobreviviendo). Pero por otro la crisis va a poner en tela de juicio muchos de los hábitos y formas de la sociedad que habíamos creado (la prioridad de los mercados frente a lo social, la movilidad global, el papel de las instituciones). En algunos casos porque nosotros mismos recapacitaremos y corregiremos. En otros casos porque posiblemente el cambio sea inevitable.

Una bacteria

Hace este mes exactamente 7 años tuve el inmenso placer de conocer en persona y compartir un evento con Jorge Wagensberg. Siempre he sido un admirador del entrañable físico y divulgador, ya desaparecido. Recuerdo que al presentarlo (me cupo el honor de introducir su charla) cité uno de sus famosos aforismos, tal vez el que siempre me ha sugerido más cosas de entre todos los enunciados por él. Lo recupero hoy porque es el mejor colofón a estas líneas.

“Si no fuera por las crisis aún seríamos todos bacterias”

Parece irónico que hayamos empezado hablando de un virus, responsable de todo este chaparrón que estamos viviendo, y que acabemos hablando de una bacteria.  Pero no creo que a estas alturas podamos encontrar una frase más pertinente y más esperanzadora para afrontar el futuro.

De cada crisis la vida ha salido reforzada. También el ser humano y la humanidad por extensión. Tal vez la ciencia sea el mejor ejemplo de este avance inexorable. Y no se engañen, será la ciencia quien nos acabe sacando de este embrollo pandémico. Pero también la educación, la cultura, la conciencia colectiva, la responsabilidad social, han ido dando pasos (de gigante o de enanito) con cada periodo de crisis.

Seguramente nunca como hoy todos esos ámbitos de la sociedad han estado a tan alto nivel. Y tal vez nunca como hoy sea tan necesario movilizarlos para empezar a pensar en un mañana distinto. Varias veces estos días he oído la expresión ‘el planeta está haciendo un reinicio completo’, empleando el símil informático. Esperemos que ese reinicio aporte un nuevo modo de encarar el futuro planetario. La propia pandemia es ahora mismo un gran reto. Como lo son el cambio climático, la sostenibilidad, el acceso global a la sanidad y la educación y tantos otros que podríamos añadir aquí.

Quién sabe si esta crisis no ha venido a darnos una oportunidad de enderezar el rumbo. No digo que sea fácil ni rápido. Hacer virar un gran barco no siempre es sencillo. Pero está en nuestras manos. Y digo nuestras. No esperemos que lo hagan los otros. Tal vez haya llegado el momento de aprovechar esa oferta 4×1 para construir un futuro mejor.

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