¿Por qué las llamamos Fake News cuando deberíamos llamarlas mentiras?

Los anglicismos están sobrevalorados. También el lenguaje ‘políticamente correcto’. Eufemismos se les ha llamado toda la vida. Es decir palabras más decorosas que empleamos para no usar otras más crudas, groseras o que simplemente se han vuelto socialmente incómodas. Curiosa contradicción la de una sociedad donde (supuestamente) cada vez hay mayores libertades, y donde cada vez (aparentemente) nos cuesta más llamar a las cosas por su nombre.

De este modo hablamos de ‘daños colaterales’ en lugar de ‘muertos’, de ‘tercermundismo’ en lugar de ‘pobreza’, de ‘subsahariano’ en lugar de ‘negro’ o de ‘desaceleración’ en lugar de ‘crisis’. Podría seguir y llenar hojas de ellos. Si, además de usar un eufemismo, introducimos en el juego un anglicismo la perversión puede volverse incluso sofisticada. Señoras y señores hoy toca hablar de las ‘fake news’.

Blanqueando mentiras

La mentira es, casi seguro, tan antigua como el hombre. Para bien o para mal forma parte de nuestro bagaje cultural. Personal y social. Nadie es ajeno a ella. Tampoco ninguna sociedad. Rastrear en la historia de la humanidad es constatar que la mentira es y ha sido empleada como herramienta de primer orden en todos los campos de la sociedad. En la política, la economía, la cultura. Ningún ámbito ni época han podido sustraerse a su influjo.

Ni siquiera hoy día, con la sociedad de la comunicación y la información en pleno apogeo, somos inmunes a su acción. Podría parecer que con un mundo globalizado, lleno de canales y fuentes de información abundantes y fácilmente accesibles, la mentira debería vivir tiempos de crisis. Pero la obstinada realidad nos demuestra que no es así, sino todo lo contrario.

Tal es así que incluso de un tiempo a esta parte se ha generalizado el uso de una palabra ‘amable’ para convivir con ella: fake news (¡por fin!, ahora entenderán las dos primeras frases de este artículo). ‘Noticias falsas’, sería la traducción del dichoso término que todo el mundo se empeña hoy día en utilizar. Usando otro eufemismo diríamos que es una manera decorosa de ‘blanquear’ lo que literalmente solo puede ser llamado ‘mentira’.

Y digo ‘blanquear’ porque al emplear el concepto ‘noticias’ (aunque sean falsas) estamos dotando a la mentira de una cualidad que no posee. Una noticia es una información sobre un hecho, acontecimiento, dato… que se considera de interés divulgar. Si dicho hecho, acontecimiento o dato no se ha producido (es falso) no existe noticia. Voilà!! Con una simple capa ‘amable’ (le cambiamos el nombre) reconvertimos la mentira en un sujeto al mismo nivel que un hecho real (una noticia). Somos una sociedad maravillosamente creativa.

Una mentira puede recorrer la mitad del mundo antes de que la verdad tenga la oportunidad de ponerse los pantalones
(Winston Churchill)

5 pasos para no dejarnos engañar por las ‘fake news’ (son mentiras, ¿lo recuerdan?)

Un breve repaso a los medios de comunicación, a nuestras redes sociales o a nuestros contactos personales, nos puede ofrecer (seguro) ejemplos casi constantes de estas noticias falsas. Supuestos remedios que curan lo incurable. Amenazas que nos rodean y que nos ocultan. Conspiraciones mundiales de las que no sabemos nada. O simplemente sucesos tremebundos que han ocurrido justo ayer al lado de casa.

Me voy a permitir ofrecerles una pequeña guía rápida de usuario para convertirse en pequeños Sherlock Holmes de la información. Son cinco sencillos pasos que pueden poner en práctica cuando llegue a sus manos alguna de esas ‘supuestas’ noticias que (casi siempre) nos hacen abrir la boca y sorprendernos de nuestra inopia.

Paso 1. Hay que aprender a leer. Parece obvio y no lo es. Todo el mundo sabe leer. Pero en la veloz sociedad que vivimos cada vez nos cuesta más hacerlo. Por favor lean algo más que el titular de una noticia o del encabezamiento de un mensaje, vayan más allá. Se sorprenderían de la cantidad de gente que no es capaz de hacerlo. Muchas veces el titular es un simple gancho, deformado, magnificado, descontextualizado, que trata de atraer la atención del lector. Y si uno lee el texto completo puede llegar a descubrir, con estupor, que el contenido final de la información es todo lo contrario a lo que decía el titular.

Paso 2. Ahora que ya saben que hay que leerlo todo, verifiquen las fuentes de la información. Lean con interés, fíjense si la información cita fuentes, cita nombres, cita referencias. No den por buena nunca lo que simplemente es la opinión del que escribe (por muy prestigioso que pueda parecer). No acepten nunca una noticia donde se vierten ‘verdades’ que no están respaldadas por datos o fuentes contrastables. El ‘se dice’, ‘parece ser’ o ‘se rumorea’ no es una verdad hasta que puede ser documentalmente contrastada.

Paso 3. Usen las herramientas que nos ofrece la tecnología para validar informaciones. Un simple ejercicio práctico: cada vez que reciban un mensaje con un titular sorprendente vayan a Google y búsquenlo. Comprueben si medios de prensa fiables lo reproducen, o solo aparece en medios marginales o grupos de redes sociales. Es un indicador muy fiable. O directamente tecleen el titular en el buscador. Descubrirán cuántos de esos titulares ya han sido desmentidos o desmontados por los paladines de la verdad (personas o entidades que se dedican a combatir los bulos).

Paso 4. Antes de dar por buena una información, ejerciten su sentido crítico. Además de leer con detenimiento los datos, fíjense en las fechas, en el contexto de lo que se cuenta. Muchas veces una simple aplicación de la lógica nos ayuda a descubrir que estamos ante una ‘fake new’ (perdón, quería decir una mentira).

Paso 5. No contribuyan a la expansión de este burdo entramado de mentiras. Si desconfían de una información, o les parece sospechosa, no la compartan. No contribuyan a magnificar la mentira. Es más, conviértanse en Sherlock Holmes proactivos de la verdad. Si lo hacen bien y con rigor incluso su círculo social empezará a reconocerlos como ‘fuentes fiables’ de información (¿qué lujo, no?).

Lie Lie Land (la tierra de las mentiras)

Vivimos tiempos convulsos. Políticos, económicos, sociales y, por si todo eso era poco, también ahora sanitarios. El escenario ideal para que la incertidumbre y el miedo se cuelen en nuestras vidas. El caldo de cultivo propicio para las mentiras. De hecho, y tristemente, no es difícil verificar como la mentira se ha convertido ya en un elemento más de nuestro entorno cultural. Incluso a niveles antes difícilmente imaginables.
Por eso hay que ponerse manos a la obra. Y al hilo del apartado anterior permítanme que les haga una invitación personal. Conviértanse en gestores activos de la información veraz:

  • Lean o escuchen con atención
  • Comprendan el sentido de lo que les cuentan
  • Reflexionen o discutan con otros sobre sus dudas
  • Investiguen y busquen más o mejor información
  • Cuestionen todo aquello que les suene extraño

La pasividad nos vuelve manipulables. Nos convierte en meras marionetas. Muchos medios, entidades, personas, son conscientes de ello. Y construyen mentiras relativamente fáciles de ‘consumir’. No deja de sorprenderme lo escrupulosa que se ha vuelto mucho gente con la calidad de lo que entra por su boca (alimento, entiéndanme), y por el contrario lo poco celosa que es de la calidad de lo que entra por sus ojos o sus oídos (información).

Nadie es inmune a la mentira. Todos somos susceptibles en cualquier momento de caer en la trampa o ser engañados. Pero no lo pongamos fácil. Pueden engañarnos, pero no dejemos que lo hagan. Usemos esos pequeños trucos que les he contado más arriba. Pero sobretodo usemos nuestro sentido común… ya saben, ese que suele decirse que ‘es a veces el menos común de nuestros sentidos’.

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