Moby Dick y el Índice de Desarrollo Humano

Hace ahora unos 100 años los círculos literarios norteamericanos rescataron del olvido una novela de Herman Melville, un desafortunado escritor fallecido en 1891. La obra era una mezcla de crónica técnica sobre la caza de ballenas y de novela de aventuras. La lucha entre un viejo capitán y un gran cachalote blanco. Casi todo el mundo conoce la historia (‘Moby Dick’) y el trágico final de la tripulación del ballenero ‘Pequod’. La ‘bestia’ venciendo al hombre. Pura ficción. La realidad es demasiado diferente. Sólo en el siglo XX el hombre acabó con la vida de cerca de 3 millones de ballenas.

Exterminio en los mares

El hombre ha cazado ballenas desde hace miles de años. Como tantos otros animales era un valioso medio de subsistencia para nuestra especie. Le proporcionaba carne en abundancia.  Su caza comercial (planificada y con barcos especializados) arrancó en el siglo XVI. Más allá de la carne el hombre aprendió a obtener de ella aceite para uso alimentario e industrial y materias para la industria cosmética y farmacéutica. La segunda mitad del siglo XIX trajo una revolución en la construcción naval: maquinaria de vapor, buques de acero, nuevas tecnologías de navegación… Y la industria ballenera no quedó al margen de ella.

El siglo XX arranca pues con una industria ballenera en plena expansión, tanto cuantitativa como cualitativamente hablando. La caza industrial de la ballena se convierte de pronto en una explotación en toda regla. Se estima que en apenas 60 años (1900-1960) se cazan tantas ballenas como en los dos siglos anteriores. Y que sólo en el intervalo 1950-1970 se cazan tantas como en los 60 años anteriores.

¿Y de qué cifras estamos hablando? El estudio más riguroso sobre el tema realizado en 2015 deja cifras realmente aterradoras. En la década de los años 30 se caza a un ritmo de 40.000 ballenas anuales (110 al día). En los 50 sube a las 61.000 ballenas anuales (167 al día). Y en los 60 se alcanza el cenit con 70.000 ballenas anuales (191 al día). Un terrible saldo de 2,9 millones de ballenas cazadas en apenas 100 años. Un ritmo a todas luces insostenible para las distintas especies de ballenas.

 

Cinco rorcuales comunes ((Balaenoptera physalus)
capturados por buques soviéticos en la década de los 70
(Foto cortesía de Phil Clapham)

 

Pisando el freno

A lo largo de la década de los 70 se encienden de pronto todas las alarmas. Los primeros estudios científicos serios sobre el impacto de la caza son demoledores. La conciencia social sobre la protección de las especies empieza a calar en la sociedad. Y los propios países con industria ballenera se conciencian del riesgo que supone agotar su ‘recurso’.

Tras años de análisis y discusiones en 1986 la Comisión Ballenera Internacional (integrada por 88 países con intereses pesqueros) declara una moratoria. La caza comercial de las ballenas queda rigurosamente prohibida salvo en unos pequeños casos. Comunidades tradicionales que viven de su caza y que apenas capturan unos pocos ejemplares al año. Más allá de eso sólo queda autorizada la caza con fines científicos y con un cupo estricto de capturas al año.

La medida busca favorecer la recuperación de las comunidades de ballenas y evitar su posible desaparición. Algunas de las especies se encuentran en un punto crítico. El ejemplo más claro es la majestuosa ballena azul, el animal más grande que jamás ha existido en el planeta. Se calcula que a lo largo del siglo XX unas 378.000 de ellas fueron víctimas de la caza. Su número en 1960 había quedado reducido a unos 1.000 ejemplares estimados. Muy cerca del límite crítico de no recuperación.

 

Probablemente se ha hecho más daño a la Tierra en el siglo XX
que en toda la historia anterior de la humanidad
(Jacques Ives Cousteau)

 

Tras la tempestad viene la calma

La moratoria tuvo un efecto inmediato en la reducción de capturas. Ya en la década de su entrada en vigor (recordemos, año 1986) la caza se redujo a un promedio de 7.600 ballenas anuales (20 al día) para caer en los años 90 a 600 anuales (apenas 1,5 al día). Nuestro planeta tiene aún muchas cuentas pendientes en la protección de numerosas especies, pero parece que con las ballenas hemos podido, al menos, detener la sangría.

Como todo animal marino su cuantificación resulta muy problemática y todas las cifras están sujetas a constante revisión. Siguiendo con el ejemplo de la ballena azul (a la que habíamos dejado con apenas 1.000 ejemplares a finales de los años 60), se estima que su población actual fluctuaría entre los 6.000 y 12.000 ejemplares. Una buena noticia que más o menos se ha venido replicando para el resto de especies.

Podría pensarse que hemos llegado a tiempo. Que las ballenas se recuperan. Sin embargo no olvidemos que estamos hablando de poblaciones muy mermadas con respecto a sus tamaños originales. Esas 6.000-12.000 ballenas azules no dejan de ser, se calcula, apenas un 1% de las que existían antes del inicio de la caza comercial. Y el mundo actual plantea nuevas amenazas de alto riesgo para poblaciones tan reducidas: cambio climático, acidificación de los mares, escasez de alimento, prácticas pesqueras dañinas, tráfico marítimo… y la caza. ¿Cómo? ¿La caza? ¿Pero no habíamos terminado con ella? Pues va a ser que no…

 

Indice de Desarrollo Humano

Pese a la moratoria, tres naciones han venido incumpliendo de forma ostentosa la prohibición de cazar ballenas. Las razones son diferentes y en algunos casos de dudosa honestidad. Islandia, Noruega y Japón siguen a día de hoy al margen de la moratoria. Veamos cómo y por qué.

Caza comercial

Islandia y Noruega mantienen esta práctica acogiéndose a que se trata de una industria tradicional de sus respectivos países. Lo cierto es que los volúmenes de capturas de ambas (unos 150 ejemplares al año en Islandia y unos 550 en Noruega) no parecen justificar el valor estratégico de dicha industria. El consumo de carne de ballena en ambos países es poco más que simbólico. Sólo el valor para la industria cosmética y farmacéutica parece sostener su mantenimiento. Posiblemente la aparición de productos sustitutivos y el desgaste ante la opinión pública internacional acabe por hacer aceptar a ambos la moratoria.

Caza científica

Un eufemismo que si en algún momento tuvo su razón de ser ahora sólo esconde una burda trampa. La ciencia permite hoy día conocer al detalle la fisiología, etología y todo lo que se quiera saber de las ballenas sin necesidad de matarlas. Pese a ello Japón se vale de este burdo argumento para proseguir año tras año cazando unas 500 ballenas. No hay justificación científica para ello. Tampoco es una industria tradicional. Lo curioso es que tampoco queda claro que tenga razones comerciales (sólo el 1,7% de los japoneses consume ballena). Hay quien asegura que en el fondo es un simple problema burocrático del estricto y curioso funcionariado japonés

Un detalle para terminar. Los tres países citados, Noruega, Islandia y Japón, ocupan los puestos 1, 9 y 18 en el Índice de Desarrollo Humano que establece la ONU. ¿Curioso no? ¿Qué hace que tres sociedades teóricamente tan avanzadas sigan amparando una práctica a todas luces injustificable en los tiempos que vivimos? ¿Sirve para algo este Índice? ¿Qué pensaría Moby Dick al respecto? Digno de análisis, pero como diría Michael Ende en su ‘Historia interminable‘… esa es otra historia y debe ser contada en otra ocasión.

 

El exterminio de las ballenas durante el siglo XX en cifras
(Fuente: NOAA)

Referencia
Robert C. Rocha, Jr & J. Clapham, Phillip & Ivashchenko, Yulia. (2015). Emptying the Oceans: A Summary of Industrial Whaling Catches in the 20th Century. Marine Fisheries Review. 76. 37-48. 10.7755/MFR.76.4.3.

 

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