No estamos destruyendo el planeta (y no es negacionismo)

Crisis climática. Contaminación. Sexta extinción. Acidificación oceánica. Destrucción de hábitats. Deshielo. Especies invasoras. ¿Les suenan estos términos? Libros, artículos, medios de prensa van llenos de ellos. Son, de un modo u otro, la fotografía de todo lo que los seres humanos estamos provocando a nuestro entorno natural. Y muchas veces lo resumimos con una frase lapidaria: ‘el ser humano está destruyendo el planeta’. Terrible. Y ahora viene un servidor para aligerarles la carga: no sufran, no nos estamos cargando el planeta. Respiren un momento aliviados, pero solo un momento…

Los que me lean regularmente (confío que algunos lo hagan) sabrán de mi afinidad con Carl Sagan. Entre sus múltiples citas me permito traer hoy aquí una que me parece maravillosa e inquietante a la vez:

“El universo no fue hecho a medida del hombre; tampoco le es hostil: es indiferente

Nuestra historia como especie es un largo camino hacia la dominación. La dominación de nuestro entorno, de nuestros iguales, de nuestro destino. Un camino que nos ha llevado a convertirnos en el centro absoluto de la vida planetaria. Todo gira a nuestro alrededor: las sociedades, la economía, la cultura, el medio físico, la naturaleza… incluso nos asomamos ya desde hace décadas al espacio. Tal vez deberíamos cambiar el nombre de nuestro planeta por el de Humania.

Y sin embargo Sagan nos dejó una sentencia que nos aterriza a la realidad. El universo es indiferente a nuestra presencia. Somos irrelevantes a escala galáctica. Y aunque puede sonar extraño, también el planeta (ese ente impersonal que nos alberga) es indiferente a nuestra presencia. Vale, vale, justo en este instante muchos de los que me leen se estarán llevando las manos a la cabeza. Solo les pido un poco de paciencia. Acompáñenme ahora a un pequeño viaje temporal.

Caminante no hay camino, se hace camino al andar

¡Vaya!, dirán algunos, este hombre pasa de Sagan a Machado sin darnos un respiro. Veamos. La historia de nuestro planeta es la historia de una aventura. Una aventura plagada de toda suerte de acontecimientos. Desde los más minúsculos a escala molecular hasta otros de ámbito planetario. Desde instantes de fascinante creatividad a momentos de cataclismos que escapan a nuestra imaginación. Y pese a todo ello el planeta ha seguido su camino firme e inexorable.

Esperen, no se asusten. Nadie dice que lo que ocurre en su superficie, bajo sus mares o allende las nubes no afecte a su devenir. Pero, en cierto modo, como decía Sagan, le resulta indiferente. Salvo que se produzca una catástrofe de magnitud cósmica ahora mismo no previsible el planeta va a seguir ahí. Y cuando hablo del planeta no me refiero simplemente al concepto físico del mismo. También al biológico. Abramos un pequeño paréntesis y echemos la vista atrás para ver ese ‘camino que se hace al andar’.

La vida en nuestro planeta lleva cientos de millones de años evolucionando por encima de toda suerte de eventos geológicos, biológicos, climáticos e incluso cósmicos (Gráfico: Press & Siever, 2000)

Cuatro bodas y un funeral

Otro giro de tuerca. Ahora pasamos de la literatura al cine. Ya saben, soy así. Reconozco que el título está muy pillado por los pelos… pero quedaban bien. Llamaremos ‘bodas’ a acontecimientos que suponen una nueva vida y ‘funeral’ a… bueno, eso no hace falta explicarlo.

Primera boda. El llamado eón Hádico de la Tierra. Hace 4500-4000 millones de años. Estamos en un mundo infernal (de ahí lo de Hádico, de Hades el dios griego del inframundo). Un período muy convulso de nuestro pasado. Largos períodos de bombardeos meteoríticos (muchos y muy grandes). Vulcanismo extremo. Una atmósfera irrespirable. Vamos, un panorama dantesco. Para haber acabado como Mercurio, o Venus, o la Luna. Y sin embargo es muy probable que de un modo u otro la vida apareciera en algún momento de ese período. ¡Bien por el planeta!

Segunda boda. Saltamos ahora a hace 750 millones de años, al llamado período Criogénico. La Tierra es víctima de una glaciación a escala colosal. De hecho el planeta es una enorme bola de hielo y nieve. Mares y tierras se han congelado y así se mantendrán durante posiblemente una decena de millones de años. La temperatura media ronda los -50ºC y la vida apenas subsiste. Pero tras ese monstruoso invierno llega el renacer (momento Juego de Tronos). Todo recupera cierta normalidad y con la fauna Ediacárica (antecesora de la Cámbrica) aparecen los primeros ecosistemas vivos reconocibles. ¡Bien por el planeta!

Tercera boda. Hace 250 millones de años estuvimos a un tris de cerrar el negocio ‘por defunción’. Una catastrófica crisis de la biosfera acabó con el 95% de las especies marinas y el 70% de las terrestres. Vulcanismo extremo, impacto meteorítico o masivas emanaciones de metano marino. Da lo mismo. Lo cierto es que la atmósfera y los mares se tornaron letales para casi todos los organismos. Muchos tuvieron allí su epitafio. Pero unos pocos lograron salir adelante y sentar las bases de un nuevo resurgir de la vida (ya saben, dinosaurios, mamíferos, aves…). Otro ¡bien por el planeta!

Cuarta boda. De nuevo hace 66 millones de años un ‘visitante’ extraterrestre quiso ponernos en apuros. El impacto del famoso meteorito de Chicxulub (Yucatán), posiblemente unido a nuevos eventos de vulcanismo intenso, cortó de cuajo el devenir de cerca del 75% de especies planetarias. De nuevo la atmósfera se tornó convulsa y el clima letal para muchos seres. Y, sin embargo, aquí estamos nosotros para contarlo. Todos conmigo, ¡bien por el planeta!


Y ahora sólo nos queda el funeral

La selección de esas cuatro bodas ha sido sesgada pero representativa. La historia planetaria contiene muchos más eventos de este tipo. Radiaciones y extinciones masivas del ciclo vital como consecuencia de todo tipo de eventos. Buenas (las primeras) y malas (las segundas) a escala humana. Indiferentes a escala planetaria. Podíamos haber enumerado muchas más, con diferentes matices, causas o dimensiones. ¡Alto! pero ¿no había un funeral? Cierto, vamos a ello.

Vivimos en un funeral: la actual crisis climática (ahora todos hemos convenido en llamarla así) y de la biodiversidad. Pese a los cuatro ignorantes que se empecinan en negarlo, es para todos obvio que estamos en un momento de extrema crisis de la biota terrestre. Si se fijan en las cuatro bodas, más allá de sus causas iniciales, todas acaban teniendo un denominador común: cambios en la atmósfera o los mares que rompen el equilibrio biológico existente. Tal cual nuestra realidad. Al margen de su origen lo cierto es que el resultado es o puede llegar a ser muy parecido. Y todo apunta a un funeral.

Y por fin llegamos a ese ‘no estamos destruyendo el planeta’ con el que los sorprendía en el título. Después de ver como terminó cada ‘boda’ creo que podemos afirmar con rotundidad que, pase lo que pase, el planeta seguirá adelante. Le somos indiferentes. Tranquilos, nosotros y cualquier otra forma de vida. A cada crisis responderá con un nuevo camino. A cada catástrofe con una nueva oportunidad.

No estamos destruyendo el planeta. Y eso no nos hace menos culpables o responsables como especie. Estamos destruyendo (o cambiando catastróficamente) el ecosistema planetario que nos vio nacer y crecer. Estamos acabando con nuestros compañeros de viaje (especies y ecosistemas). Tal vez algún día, más pronto o más tarde, seamos capaces de frenar ese destrozo (imposible revertirlo, muchos se fueron para no volver). O tal vez no queramos o podamos ya hacerlo. Puede, incluso, que esta locura acabe devorándonos a nosotros mismos como especie y el funeral sea el nuestro. Nadie conoce el futuro.

Pero pase lo que pase, el planeta seguirá adelante. Con o sin nosotros. Él hace su camino al andar. Y todo camino implica encontrar a nuevos compañeros de viaje y dejar a otros en la cuneta (esto sí sonó muy ‘funeral’). Tenemos una responsabilidad como especie. Muy grande. Pero no somos el centro del universo. Ni siquiera el centro de este planeta. Que eso nos sirva para reflexionar y encontrar nuestro lugar y el de todos los que nos acompañan en el viaje. Aunque eso al planeta también le es indiferente 😉

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