Okupas letales y el fin de la megafauna norteamericana

Salvo raras excepciones si alguien quiere ver hoy día animales de gran tamaño en estado salvaje su única opción es viajar a África. En el resto del planeta, salvo unos pocos animales en Asia y otros pocos en Norteamérica, lo mayor que van a poder encontrar son vacas y caballos, más ligados al mundo industrial que al natural. Pero hubo un tiempo, por cierto no muy lejano, en que esto no era así. Grandes animales de talla XL, XXL y superiores (de esas que no se encuentran en las tiendas habituales), dominaban los ecosistemas de los cinco continentes. Si han visto alguna de las películas de la saga ‘Ice Age’ sabrán de qué les hablo. Su nombre oficial es ‘megafauna’.

La llamada megafauna pleistocénica (en relación al Pleistoceno, época geológica que antecede al actual Holoceno en el que vivimos) campó a sus anchas por todo el planeta durante varios millones de años. Eran animales no muy distintos a los actuales pero, en muchos casos, en versión hipervitamiada. Si cogen ustedes una selección de animales actuales y les añaden el adjetivo ‘gigante’ ya tienen a punto un catálogo de megafauna pleistocénica: armadillos gigantes, ciervos gigantes, osos gigantes, perezosos gigantes o canguros gigantes. Vale, también había mamuts, rinocerontes lanudos y osos de las cavernas. Pero también eran muy grandes, que conste.

De pronto, hace unos 50.000 años, parte de esta fauna empezó a desaparecer. Primero en unos lugares del planeta. Luego en otros. Al final prácticamente en todos (salvo en África, como les dije al principio). Como siempre que acontece un fenómeno de este tipo nos encanta encontrar las causas y entenderlas. Y como en tantas ocasiones los cambios climáticos suelen ser un comodín recurrente para explicarlas. Cierto es que el tiempo del que hablamos coincide con largos períodos glaciales e interglaciales (grandes heladas y épocas de deshielo) que modificaron notable, y frecuentemente, los hábitats naturales y sus faunas. Ríanse ustedes de las nevaditas de ahora.

Sin embargo ya desde muy pronto los investigadores constataron que los cambios climáticos no podían explicar la desaparición tan generalizada y abrupta de estas megafaunas. Un factor adicional tenía que haber propiciado o acelerado estas extinciones (ay que me lo veo venir…). Poco a poco el trabajo de muchos equipos en muchos lugares empezó a confirmar algo que muchos ya sospechaban. La desaparición de muchas megafaunas locales coincidía en el tiempo con la llegada a esos lugares de una nueva especie: el hombre (zas, lo sabía).

Especies extintas (negro) y especies existentes (verde) de megafauna de mamíferos en diferentes continentes (Anthony J.Stuart, 2014)

El primer expolio de América

Precisamente estos días una nueva investigación, en concreto sobre la megafauna norteamericana, viene a sumar argumentos a esta teoría. El estudio se basa en el análisis de los restos de más de 100 especies animales y 50 vegetales presentes en una cueva de Texas de hace unos 13.000 años (muy representativa del ecosistema norteamericano de aquel momento). Su conclusión es muy clara: todas las especies animales y vegetales analizadas sobrellevaron con mucha dignidad el cambio climático derivado del deshielo. Salvo un grupo muy concreto.

Acertaron, la megafauna. Las especies grandes iniciaron una rápida espiral de extinción. Y el estudio concluye que, no siendo atribuible ese colapso al cambio climático (ya hemos visto que el resto de seres lograron salir muy bien parados del mismo), había que buscar otro factor que explicara dicho misterio. Y el único factor diferencial que podíamos colocar en la ecuación era el ser humano. Que miren ustedes por dónde llegaba justo en ese momento a América en plan viaje turístico procedente de Siberia, aprovechando que el estrecho de Bering era en aquel momento una ruta de senderismo abierta al público (cosas del nivel de los mares que ya les contaré otro día).

Pues dicho y hecho. Haciendo gala de nuestra mejor tradición (ya demostrada antes y después en tantas ocasiones) llegamos a esa América virgen y empezamos a hacer lo que mejor se nos da como especie: arrasar con lo que nos rodea. Ojo, tampoco vayan a rasgarse las vestiduras. El ser humano en aquel momento no era más que un conjunto de pequeños grupos de cazadores-recolectores con un único objetivo:  sobrevivir. Como cualquier otra especie. Lo de la conciencia ecológica, Greenpeace y el planeta Gaia vino mucho después. Así que entre la disyuntiva de alimentarse de unos brotes verdes y unos ratoncillos o comerse unos enormes filetes con patas que no había que pagar, la opción era clara.

Los investigadores de la Universidad de Curtin (que por cierto es australiana aunque andaban por Texas estudiando todo esto) concluyen, pues, que solo la caza humana intensiva podría explicar este contraste. Que todas las especies de aquel ecosistema lograran salir adelante con la salvedad de las grandes especies animales. Un simple anticipo de lo que poco tiempo después ocurriría en América del Sur, cuando el hombre continuó su ruta turística-okupa hasta poblar todo el continente americano.

Postdata

Se habrán fijado (los que me lean habitualmente) que me estoy acostumbrando a esto de poner una nota final a mis entradas. Me funciona como ‘solución fácil’ cuando quiero añadir algo al texto que se quedó en el tintero y no sé dónde encajar (recurso literario le llamarían algunos, mala organización otros). Al tema.

Habrán visto (lo dije al principio) que todas las megafaunas planetarias acabaron desapareciendo salvo una, la africana. Y todo apunta al hombre como factor determinante en dichas desapariciones. Ergo, ¿por qué no ocurrió lo mismo en África, justo el primer lugar donde apareció la humanidad?

La versión más aceptada a fecha de hoy es precisamente esa, porque allí fue donde el hombre se desarrolló. Y al hacerlo progresivamente (como un bicho más de esa fauna africana) las especies que lo rodeaban fueron capaces de identificarlo pronto como una amenaza, como un depredador consumado. Del mismo modo que una gacela teme a un guepardo y lo evita. El resto de megafaunas planetarias no tuvieron esa suerte. Para ellas solo fuimos unos extraños recién llegados sobre los que no sabían nada. Una especie invasora. Inteligente y letal.

Referencia

Frederik V. Seersholm, Daniel J. Werndly, Alicia Grealy, Taryn Johnson, Erin M. Keenan Early, Ernest L. Lundelius, Barbara Winsborough, Grayal Earle Farr, Rickard Toomey, Anders J. Hansen, Beth Shapiro, Michael R. Waters, Gregory McDonald, Anna Linderholm, Thomas W. Stafford, Michael Bunce. Rapid range shifts and megafaunal extinctions associated with late Pleistocene climate change. Nature Communications, 2020; 11 (1) DOI: 10.1038/s41467-020-16502-3

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