Premios Nobel: renovarse o seguir

La semana pasada, científicamente hablando, estuvo marcada por la tradicional concesión de los Premios Nobel. Como cada año desde 1901. Y como cada año su concesión levantó las también tradicionales controversias sobre los méritos, mayores o menores, de los galardonados. Y la injusticia de los que se quedaron a las puertas. Nada relevante. Los premios tienen estas cosas. Unos ganan, otros no. La pregunta que hoy me formulo es otra, ¿sirven para algo los Premios Nobel?

Tal vez la pregunta correcta no sea realmente esa. Todo premio tiene, como fin último, una utilidad. Para alguien o para algo. Para quien lo concede o para quien lo recibe. Puede ser un elemento de reconocimiento, prestigio, imagen, promoción, retribución, autobombo, justicia, o todo lo que se les ocurra a ustedes imaginar.

Nuestra sociedad está llena de premios de todo tipo. Culturales, deportivos, científicos, literarios, cinematográficos, periodísticos… Hemos hecho de cualquier actividad humana un elemento susceptible de ser medido y premiado. Incluso llevamos esa necesidad a nuestra vida cotidiana: premios en el trabajo, en la escuela o en el club recreativo del que somos socios. El ser humano tiene una necesidad intrínseca de reconocimiento (del tipo que sea) y los premios son una manera sencilla de canalizar ese anhelo.

La validez de los Nobel

Pero, volvamos ahora a la ciencia. ¿Sirven para algo los Premios Nobel? Pues imagino (no tengo el don de la certeza) que sí. Cabe suponer que es un modo de cumplir el legado de su creador Alfred Nobel. Tal vez el modo de reconocer el trabajo muchas veces oscuro (pero no por ello intrascendente) de numerosos investigadores. Posiblemente un mecanismo para dar visibilidad a escala global del mundo de la ciencia. Quizás un modo de prestigiar a personas e instituciones volcadas en el progreso científico de la humanidad. Qué se yo.

Permítanme ahora añadir un matiz a la pregunta incial:  ¿sirven para algo los Premios Nobel en su actual formato? Pues imagino (insisto en la ausencia de certeza) que no. Tal vez no es que no sirvan. Tal vez simplemente son un modelo desfasado. Desde la óptica de alguien como el que les escribe, no científico, parece un tanto contradictorio su formato actual.

Una duda razonable

El próximo año se cumplirán 120 años desde su primera entrega. Mucho ha andado la ciencia desde entonces. Lo suficiente, es obvio para todos, como para seguir anclados en unas disciplinas tan restringidas. Tal vez al inicio del siglo XX la física, la química y la fisiología/medicina fueran el sancta santórum del conocimiento científico. Pero ya bien entrados el siglo XXI el menú se nos queda corto. Por muchos malabarismos empleados para hacer encajar algunos campos en esa terna de templos del saber, todo el entramado acaba chirriando.

Amplias áreas o disciplinas enteras de la biología, la genética, la geología, la ecología, la climatología, la paleontología, las ciencias de la computación, la ingeniería… (me dejo muchas en el tintero) no tienen cabida ‘nobelesca’. Tal vez en cualquier otro tipo de premios el hecho sería intrascendente o marginal. Pero precisamente en el campo de la ciencia, supuesta punta de lanza de los progresos humanos, resulta más chocante aún. Es como si siguiéramos usando las láminas dibujadas a mano de Haeckel como referencia para explicar la biodiversidad planetaria (sin restarle valor a ese trabajo, soy un fan de ellas).

Tampoco acierto a entender (tal vez yo sea el ofuscado) la singularidad humana de los premios. De vuelta a los albores del siglo XX tal vez en aquel momento la ciencia fuese aún un mundo de ‘individuos’ y de proyectos muy personales. Hoy en día la ciencia es un mundo de equipos. Muchas veces internacionales e interdisciplinares. El protagonismo, y entiendo que el mérito, son cada vez menos individuales y más grupales. La lógica nos dice que el reconocimiento también debería serlo.

Y es cierto, dirán algunos, que algo ha cambiado. Solo hay que buscar una relación de premiados para verificar que durante las primeras décadas de los premios los ganadores solían ser ‘unipersonales’. Y que desde hace un tiempo los ganadores siempre son dúos o ternas de investigadores. Está bien, sin duda. Pero, ¿por qué solo dos o tres? ¿y por qué nunca más de tres? Casi todos los grandes avances de la ciencia son hoy en día fruto del trabajo de equipos con decenas de miembros. Y no entro aquí, por reiterado, en el serio problema de los Nobel con el sesgo de género y el geográfico.

La tabla muestra la clara tendencia a premiar a más personas por año
y la casi ‘simbólica’ presencia femenina entre los premiados


De Hollywood a Bollywood pasando por la ciencia

Saben los que me leen de mi tendencia, ocasional, a dejarme llevar por la fantasía. Innovación lo llaman algunos. Desvarío, otros. Pues oigan yo esto de organizar unos Premios Anuales de Ciencia a lo Hollywood lo veo. Imaginen un repertorio de premios que cubriesen muchas más disciplinas que las de los vetustos Nobel. Y no sólo disciplinas propiamente relativas a la investigación científica como tal. Premios al mejor divulgador, a la mejor película con base científica, a la mejor publicación, al mejor libro, al mejor documental o a cualquier cosa que ayude a conocer y difundir la ciencia.

Unos premios que conjuguen el reconocimiento al trabajo científico (unos Nobel ampliados) con la puesta en valor de la ciencia a nivel social. A cualquiera que me lea seguro le vienen a la cabeza nombres de personas, instituciones y medios que serían, seguramente, merecedores de ese tipo de premios. A mí la lista me sale muy larga. Algunos se rasgarán las vestiduras argumentando que la ciencia no debería emular al cine o el deporte o la literatura. Pero yo digo, ¿por qué no? Innovación vs desvarío. Solo piénsenlo.


Esta breve reflexión no pretende cuestionar el trabajo ni el mérito de los actuales premiados. Ni por asomo. Simplemente abrir un interrogante sobre el modelo de estos premios. Plantear una duda razonable. Les reconozco el valor de durante una semana poner a la ciencia al menos en la portada de la mayoría de medios de comunicación. Algo que a la ciencia siempre le cuesta. Punto positivo.  Pero precisamente la ciencia parece el lugar menos indicado para seguir manteniendo un modelo de premios tan caduco. 120 años manteniendo las mismas disciplinas y el mismo concepto de encumbrar al individuo parecen fuera de lugar. Dos puntos negativos.

Poner en valor el trabajo y los avances de la ciencia es un pilar de nuestra sociedad. Y también los Nobel deberían seguir esa senda y avanzar. Tal vez los académicos deberían recordar y aplicar aquella famosa frase de la antigüedad: “la mujer del César no solo debe ser honrada; sino también parecerlo”. Renovarse o seguir.

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