Proteger a las especies no siempre es sencillo

Vivimos en un mundo complejo. No resulta nada fácil compaginar las necesidades de grupos, sociedades y culturas tan diversos. Queremos seguir progresando (algunos más que otros) aún a costa de los sacrificios que eso supone para el planeta. Queremos preservar la integridad de la naturaleza (algunos más que otros) a pesar de las dificultades que eso conlleva. Anhelamos un mundo más verde. Una atmósfera más limpia. Salir al campo y verlo lleno de mariposas. Mirar al cielo y seguir el vuelo de las golondrinas. Nuestros árboles llenos de gorriones. Pasear por el bosque y encontrarnos un oso hambriento. Nadar en las cristalinas aguas de un río y que aparezca un cocodrilo de 5 metros. Alto, alto, alto… ¿qué está pasando aquí? Pues algo a lo que tendremos que empezar a acostumbrarnos.

Las especies no son eternas. Aparecen y desaparecen. Los ecosistemas también. Los cambios geológicos, climáticos o biológicos los transforman. Y eso ocurre de forma permanente. El actual evento de cambio climático global a escala planetaria es un claro ejemplo. Especies que a mayor o menor velocidad ven transformarse su ecosistema. Unas para bien. Otras para mal. El mismo calentamiento global que asfixia la existencia de las especies polares, abre nuevos territorios para especies tropicales. Osos polares, focas , renos ven cada vez más mermados sus hábitats. Insectos, aves, peces tropicales ven en cambio ampliar el rango espacial donde poder vivir.

Especies invasoras (excluyendo las venidas en naves espaciales)

Ya sabemos que tras ese cambio climático global se esconde (es un decir) la mano del hombre. Pero por un momento dejaremos de lado este fenómeno y me permitirán abrir otro melón. Existen otros dos ‘fenómenos’ más singulares que propician en ocasiones (más de las que piensan) la movilidad de las especies. Es decir, que en un determinado momento y lugar una especie ajena a un hábitat aparezca en el mismo y se instale en él. Es lo que coloquialmente venimos llamando una ‘especie invasora’.

Hablando con propiedad podríamos decir que tras la práctica totalidad de las especies invasoras se encuentra también la mano humana. Son innumerables a estas alturas los ejemplos que podríamos enunciar aquí. Todo habría empezado cuando la especie humana aprendió a viajar. Mover personas y mercancías trajo consigo también mover (voluntaria o involuntariamente) especies vivas. En ambos sentidos. Así los europeos llevaron enfermedades que diezmaron a las poblaciones americanas. Y ellos mismos trajeron plantas exóticas a Europa que se convirtieron en un problema. Y luego llegaron al Pacífico con sus barcos (y sus ratas) para sembrar el caos en los delicados hábitats de algunas islas. Por no hablar de los conejos en Australia.

La globalización de las sociedades planetarias ha magnificado este problema. Millones de personas viajan ahora mismo de un lado a otro del planeta. Y millones de toneladas de mercancías hacen lo mismo. La casuística es ahora mucho mayor y diversificada. Especies que viajan escondidas en la mercancía (mosquito tigre), adheridas a los propios barcos (mejillón cebra), liberadas tras ser adquiridas como mascostas (pitones birmanas o cotorras de Kramer) o que simplemente aprovechan infraestructuras humanas para colonizar nuevos entornos (pez león). La lista es interminable y algún día volveremos sobre el tema.

Las falsas especies invasoras

Me interesa hoy hacer hincapié en un segundo grupo de especies falsamente denominadas a veces como invasoras. Y lo hago a colación de un reciente estudio que hace referencia a las mismas. Las especies que vuelven a entornos que hace tiempo tuvieron que abandonar por causas diversas (generalmente por presión humana y descenso de sus poblaciones). No hablamos de especies que amplían o trasladan su área vital, sino de especies que recuperan territorios que perdieron en su día.

Aunque somos cada vez más conscientes de los cambios que acontecen en nuestro planeta ahora mismo, seguimos manteniendo una foto fija del mismo. Los estudios sobre los ecosistemas y especies que los habitan son en términos temporales muy recientes. Y eso ha condicionado nuestra visión de los mismos. Es cierto que hace milenios en la Península Ibérica había jirafas, elefantes o monos. Todos lo sabemos (o deberíamos) y lo asumimos como parte de un pasado que la paleontología nos ayuda a desvelar. Y son tan lejanos que nos resultaría sorprendente, porque ecológicamente lo es, volver a ver a estos animales viviendo a nuestro alrededor.

Sin embargo hay muchas otras especies que vivieron a nuestro alrededor hace mucho menos tiempo y  a las que no asociamos con nuestro entorno. Especies relegadas a zonas reducidas o simplemente especies desaparecidas de ellas. Su regreso, ecológicamente viable, también nos resulta sorprendente. No son especies invasoras, son simplemente viejos vecinos que inesperadamente han decidido regresar.

Goiat, un ejemplar de oso pardo liberado en 2016 en Lleida como parte de la reintroducción de la especie en los Pirineos (Generalitat de Catalunya)

La paradoja de la preservación

Las cada vez más extendidas políticas de preservación de los ecosistemas y los entornos naturales abren esa puerta inesperada. Especies que hace no mucho tuvieron que abandonar parte de su hábitat por la degradación del mismo ven en su recuperación una oportunidad para regresar a él. Ocurre en África donde los parques naturales han revitalizado especies que desbordan los límites de los mismos en busca de sus antiguos territorios. O en Australia donde caimanes o tiburones regresan a zonas que antaño fueran su hogar al recuperarse las poblaciones que constituían sus presas. O en Europa donde la reintroducción de osos, roedores o rapaces entra en conflicto con agricultores o ganaderos que sienten ahora amenazado su modo de vida (curiosa vuelta de tortilla).

El equipo de la Universidad de Duke que ha liderado el estudio plantea una interesante reflexión. Más allá de este regreso al pasado inmediato (recolonización de espacios) el fenómeno nos plantea el desconocimiento real de la historia vital de muchas especies. La facilidad con que se han readaptado a esos nuevos-antiguos entornos nos descubre que nos queda mucho por saber de ellas. Las hemos descubierto y estudiado en muchos casos cuando vivían ya en en entornos restringidos y en declive. Pero ahora nos demuestran que su adaptabilidad y cosmopolitismo es mucho mayor del pensado. La naturaleza nunca deja de sorprendernos.

Como dicen los autores son fantasmas del pasado que vienen a recordarnos algo importante. El ser humano es, con diferencia, la mayor especie invasora que ha pisado este planeta. Evitar el colapso planetario pasa, entre otras cosas, por intensificar la protección de todo el entorno. Y eso nos lleva inevitablemente a plantearnos la necesidad de convivir mucho mejor de lo que lo hemos hecho hasta ahora con el resto de especies. Y eso, en algunos contextos, no es nada sencillo. Conjugar nuestro antropocentrismo con la naturaleza: el reto está servido.

Un cocodrilo marino (Crocodylus porosus), otra de las especies analizadas en el estudio

Referencia

Brian R.Silliman, Brent B.Hughes, Lindsay C.Gaskins, Qiang He, M.Tim Tinker, Andrew Read, James Nifong, Rick Stepp (2018). Are the ghosts of nature’s past haunting ecology today? Current Biology,  DOI:https://doi.org/10.1016/j.cub.2018.04.002

2 comentarios en “Proteger a las especies no siempre es sencillo”

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