Un crimen dormido en el Ártico

La imagen podría resultar curiosa. Incluso simpática. Un oso polar paseando por las calles de una ciudad rusa ante la sorprendida mirada de sus habitantes. ¿Un animal aventurero? ¿Tal vez extraviado? Sin embargo oculta uno de los mayores dramas ecológicos de nuestro tiempo. Se está escribiendo un crimen en el Ártico. Y no es una novela de Agatha Christie.

A principios de la década de 1940 Agatha Christie era ya una figura literaria consolidada. Había publicado ya algunas de las novelas que la encumbrarían como una de las maestras del relato policíaco del siglo XX. Fue en ese momento cuando escribió dos novelas singulares. Ambas eran las obras que cerraban los ciclos de sus dos personajes más famosos. ‘Telón’ era el caso final del detective Hércules Poirot. Y ‘Un crimen dormido’ el último de la entrañable anciana Miss Marple.

Por alguna extraña razón Christie, tras escribir ambas novelas, decidió guardarlas en una caja fuerte y mantenerlas inéditas. Su intención era que fueran publicadas tras su muerte. Y así se hizo (o casi). La autora falleció en 1976 y las novelas vieron la luz en 1975 y 1976, respectivamente. Una suerte de modo de sellar el destino de ambos personajes de forma planificada por parte de la autora, sin sentir la presión de la fama o de los editores. ‘Pase lo que pase de ahora en adelante, su final ya está escrito’, debió de pensar en 1940.

De la literatura a los osos

¿Y esto que tiene que ver con el oso de la imagen?, dirán algunos. Pues nada y todo. Que yo sepa Agatha Christie nunca escribió sobre osos. No era lo suyo. Pero ese pensamiento figurado sobre sus últimos dos libros describe a la perfección la tragedia de la fotografía: ‘pase lo que pase de ahora en adelante, su final ya está escrito’.

El calentamiento global del planeta es un hecho a estas alturas incontestable. Las gráficas de registro de temperaturas de las últimas décadas no admiten discusión. Ni el aumento de los gases de efecto invernadero. O el aumento de la frecuencia y virulencia de las tormentas tropicales. O los alarmantes datos de fusión de glaciares, del permafrost o de los hielos árticos. Da lo mismo la causa (que unos identifican claramente con el impacto humano y otros niegan). Los datos son los datos y el fenómeno es real.

El aumento global de las temperaturas tiene efectos biológicos muy importantes. Si el cambio es muy lento y paulatino la propia evolución puede encargarse del tema: las especies se adaptan progresivamente al nuevo entorno o desaparecen (así ha sido a lo largo de la historia del planeta). Si el cambio es muy rápido tenemos un grave problema. En una primera fase las especies intentan desplazarse (si pueden) a entornos más apropiados para su supervivencia. En una segunda fase, si el cambio sigue de forma acelerada, estaríamos a las puertas de una eventual extinción masiva y una transformación importante de los ecosistemas y de la biodiversidad.

Volvamos a nuestros osos. Ellos, como otras tantas especies del planeta, empiezan a adentrarse en el primer escenario que les he contado. Los biólogos que siguen de cerca este proceso detectan ya claras evidencias de que muchas especies de mares cálidos (ahora sobrecalentados) están migrando hacia mares templados (ahora en curso de volverse cálidos). Y el mismo proceso se da en especies de mares templados hacia mares antes considerados fríos. Hay un desplazamiento lento pero detectable hacia zonas planetarias más suaves.

Se trata de un concepto fácil de entender. Cada cual busca acomodo en el entorno que más se ajusta al lugar de procedencia. Pero de pronto nos encontramos con un grave problema. ¿A dónde van las especies de climas fríos si todo se calienta? ‘El crimen dormido’ acaba de escribir su primer capítulo.

La progresiva desaparición de la capa de hielo ártica dificulta cada vez más la movilidad y capacidad de supervivencia de los osos polares

El crimen dormido

Las especies árticas viven al borde de un trágico precipicio biológico. De no mediar un cambio repentino (poco probable, e intento no ser pesimista) su futuro parece otorgarles el papel de víctimas en esta obra. El declive, desaparición en muchos casos, de los hielos árticos, el aumento de temperaturas, la rapidez del proceso y la inexistencia de una alternativa geográfica viable las condena a una catástrofe.

Tal vez los osos sean en este sentido la imagen más mediática de este proceso. Pero no la única: focas, ballenas, orcas, peces, crustáceos, aves… Todos ellos están viendo reducirse su hábitat natural. El que les proporciona el sustento para pervivir como especies. Sin él están irremediablemente condenados. No sólo eso. La previsible llegada de especies de otros entornos (también huyendo de la presión del suyo) los volverá aún mucho más vulnerables.

En los últimos años han empezado a ser habituales imágenes de osos famélicos vagando en busca de comida. Su vida se ha tornado de pronto muy difícil. El proceso ha sido demasiado repentino. Sin margen para la adaptación.

Norilsk es una extraña ciudad con cerca de 180.000 habitantes. La más grande de la Siberia ártica. También una de las ciudades más contaminadas del mundo. Sus habitantes tienen un promedio de vida 10 años inferior al del resto de rusos. Una ciudad que vive en torno a los 3.000 kilómetros de túneles mineros que la rodean. Uno de los mayores focos de emisión de gases tóxicos de Rusia. El último lugar donde uno esperaría encontrar a un oso polar en sus calles.

La presencia de osos dentro o en las cercanías de poblaciones, zonas residenciales o instalaciones siberianas se ha multiplicado en los últimos tiempos. Cualquier lugar es bueno ya para intentar encontrar comida y subsistir. La alternativa es la muerte. El índice de nacimientos se ha reducido y muchos de los que lo hacen no consiguen salir adelante.

Las subpoblaciones de osos polares en el Ártico (ilustración de Chloe Cushman)

¿Hay futuro para el oso polar?

La pregunta no tiene respuesta. No la tiene porque nuestro conocimiento sobre la futura evolución del cambio climático es ahora mismo incierta. Desconocemos si seremos capaces de frenarlo y cuándo ocurrirá eso. Los efectos globales de todo este proceso para cada ecosistema. La capacidad de las especies para adaptarse a los eventuales cambios. La existencia de factores imprevistos (cambios en la circulación oceánica, liberación de metano capturado en el permafrost…) que puedan hacer variar los escenarios posibles.

A fecha de hoy, y con los datos que tenemos, los expertos estiman que en las próximas tres generaciones las poblaciones de osos polares se reducirán entre un 30% y un 50%. Con esas estimaciones el oso polar es ahora mismo una especie catalogada como ‘vulnerable’ (IUCN, 2014). El último censo de las 19 subpoblaciones de osos polares existentes (PBSG 2015) indica que sólo una ha crecido en tamaño, 6 se mantienen estables, 3 están en declive y sobre las otras 9 los datos no son concluyentes. Un cálculo muy estimativo cifra en unos 26.000 el número de individuos que existen hoy en día.

Dicho de otro modo quedan en el planeta el equivalente a poco menos de una sexta parte de los habitantes de Norilsk, Una ciudad que hasta hace apenas unos instantes seguramente no sabia, quien lea esto, de su existencia. Agatha Christie dejó escrito y sellado el fin de sus célebres personajes con 30 años de antelación. Esperemos que la imagen que encabeza este artículo no sea también dentro de 30 años una simple imagen para recordar cómo eran los osos polares.

Referencias

Wiig, Ø., Amstrup, S., Atwood, T., Laidre, K., Lunn, N., Obbard, M., Regehr, E. & Thiemann, G. 2015. Ursus maritimus. The IUCN Red List of Threatened Species 2015: e.T22823A14871490. http://dx.doi.org/10.2305/IUCN.UK.2015-4.RLTS.T22823A14871490.en

Crockford, S.J. 2017 v3. Testing the hypothesis that routine sea ice coverage of 3-5 mkm2 results in a greater than 30% decline in population size of polar bears (Ursus maritimus). PeerJ Preprints 2 March 2017. Doi: 10.7287/peerj.preprints.2737v3 https://doi.org/10.7287/peerj.preprints.2737v3

PBSG : Polar Bear Specialist Group

IUCN : International Union for Conservation of Nature

Crédito de la fotografía de portada

Un oso polar se pasea en busca de comida por las calles de la ciudad industrial de Norilsk, Rusia, a cientos de kilómetros de su hábitat natural (Irina Yarinskaya, 2019)

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